Sobre una nota de Roberto Savio.

Sobre una nota de Roberto Savio.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Es un tanto extensa para lo que se acostumbra en este tipo de columnas, pero no quiero al dar mi opinión privar al lector de todos los elementos de juicio. Savio es un conocido y prestigioso periodista y su opinión me es útil para tratar de explicar mejor mi propia opinión.

Su nota:

La precipitosa barbarización de nuestros tiempos.

Lunes, 22 de Julio de 2019.

Por Roberto Savio*

Cuando todo está dicho y hecho, parece que Thomas Hobbes, aquel filósofo inglés del siglo XVII que tuvo una terrible visión del hombre, no estaba totalmente equivocado.


Pues bien, miremos lo frívolo y lo serio del mundo en que vivimos. En sólo una semana hemos tenido cuatro noticias que no ocurrirían en un mundo normal.

Una belleza porno inglesa con 86,000 seguidores en las redes sociales ha puesto a la venta frascos con el agua con la que se baña a unos 33 euros por frasco y ya ha vendido varios miles de ellos.

Luego, una encuesta en Brasil reveló que el 7% de los ciudadanos cree que la tierra es plana (el 40% de las escuelas estadounidenses enseñan que el mundo se creó en una semana, según la Biblia, por lo que no puede haber civilizaciones antiguas). Una conferencia sobre el mismo tema, reunió en junio en Sicilia gente de todo el mundo.

Otra encuesta, esta vez de miembros del partido británico Tory que probablemente elegirán a Boris Johnson como primer ministro (no es precisamente un triunfo de la razón) están tan a favor de un Brexit «duro» que no les importa que esto signifique la salida de Escocia y el fin del Reino Unido.

Finalmente, para ganar las elecciones, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho del racismo una de sus banderas y, en un país de inmigrantes, ello le ha dado un aumento de 5 puntos en las encuestas de opinión.

Hay tantos signos de barbarización que llenarían un libro… y más de uno!

Eurípides escribió: «A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco».

No es popular, pero tenemos que mirar la realidad y observar que, en el período de mayor desarrollo científico y tecnológico de la historia, estamos viviendo en tiempos de una barbarización precipitosa.

La desigualdad social se ha convertido en la base de la nueva economía. La gente ya ha reducido sus expectativas y está preparada para trabajar a tiempo parcial en un «empleo» precario, y a los jóvenes (según la Organización Internacional del Trabajo) sólo les queda la expectativa de recibir una pensión de jubilación de 600 euros al mes.

Esto ha sido aceptado por el sistema político. Tenemos un estudio de España según el cual, en el actual mercado inmobiliario, casi el 87% de las personas necesitan el 90% de su salario sólo para alquilar una vivienda.

Hoy en día, para muchos, un salario significa supervivencia, no una vida digna. La nueva economía ha desarrollado la llamada «economía del calesín»: usted trabaja para distribuir alimentos, pero lo hará como un co-emprendedor, sin ninguno de los derechos de un empleado, y por una paga que nunca le permitirá casarse.

Y los niños ya se han acostumbrado a ver fenómenos como la pobreza o la guerra como algo natural.

Por lo demás, la política ya no se basa en ideas, sino en cómo poder explotar con éxito las entrañas de la gente, ondeando pancartas contra los inmigrantes (ahora que estamos presenciando una rápida caída de la tasa de natalidad) y dividiendo los países entre «nosotros» que representamos a la gente, y «ustedes» enemigos del país. Estados Unidos es el mejor ejemplo, donde los republicanos consideran a los demócratas enemigos de los Estados Unidos.

Esto nos lleva a una pregunta central: ¿Acaso no han sido elegidos democráticamente tanto Trump, como el italiano Matteo Salvini, el brasileño Jair Bolsonaro y compañía? ¿Son el síntoma o la causa de la «populocracia» que reemplaza a la democracia?

Evidentemente no es posible ofrecer aquí un estudio sociológico o histórico, así que nos quedamos en un juego de palabras: Hemos pasado de la era Gutenberg a una nueva: la era Zuckerberg.

Quienes celebraron con entusiasmo la llegada de Internet también lo hicieron porque democratizaría la comunicación y, por lo tanto, generaría una mayor participación. La esperanza era la de ver un mundo donde la comunicación horizontal reemplazaría al sistema vertical de información que Gutenberg hizo posible.

La información era, de hecho, un instrumento para los estados y las empresas, que la utilizaban para llegar a los ciudadanos, que no podían recurrir a la retroalimentación. Con Internet, en cambio, la gente ya puede hablar directamente en y a todo el mundo y la propaganda que acompañó su llegada no se consideró relevante. La campaña decía: saber ya no es lo importante, lo importante es saber dónde encontrar… Bueno, tenemos todas las estadísticas sobre cómo Internet ha afectado el nivel general de cultura y diálogo.

La capacidad de atención de la gente ha disminuido dramáticamente. La mayoría de los usuarios de Internet no se fijan en una un tema más de 15 segundos. En los últimos cinco años, el volumen de libros se ha reducido en 29 páginas de media. Y hoy en día, los artículos de más de 650 palabras ya no son aceptados por los servicios de los columnistas.

La última reunión de editores de agencias de noticias internacionales decidió bajar el nivel de comunicación de las noticias del de 22 años al de 17 años. En Europa, el porcentaje de personas que compran al menos un libro al año ahora es del 22% (en los Estados Unidos es de sólo el 10,5%). Y según un estudio reciente en Italia, solo el 40% de la población es capaz de leer y entender un libro. Y el 13% de las bibliotecas del país han cerrado en los últimos diez años.

Una transmisión muy popular en España fue la de «59 segundos», que vio a varias personas debatir en torno a una mesa; a los 59 segundos desaparecerían sus micrófonos. Hoy, el sueño de un entrevistador de televisión es que la persona entrevistada dé una respuesta más breve que la pregunta.

Y los periódicos ya son para personas mayores de cuarenta años. Y hay una queja unánime sobre el nivel de los estudiantes que ingresan a la universidad: no todos están libres de errores de ortografía y sintaxis. Y la lista podría continuar prácticamente hasta el infinito.

El problema de la barbarización adquiere mayor relevancia para la participación política. Las generaciones Gutenberg estaban acostumbradas al diálogo y la discusión. Hoy en día, el 83% de los usuarios de Internet (con el 80% menores de 21 años), lo hacen sólo en el mundo virtual que se forjaron. Las personas del Grupo A se reúnen solo con las personas del Grupo A. Y si se encuentran con alguien del Grupo B, se insultan.

Los políticos han podido adaptarse rápidamente al sistema. El mejor ejemplo es Trump. Todos los periódicos de los Estados Unidos tienen en total una circulación de 60 millones de ejemplares (de los cuales aquellos de calidad circulan diez millones de los conservadoras y otros tantos de los progresivas).

Trump tiene 60 millones de seguidores que toman sus tweets como información. No compran periódicos y, si ven televisión, son espectadores de Fox, que es el amplificador de de la voz de Trump. No es de extrañar, pues, que más del 80% de los votantes de Trump vayan a votar por él nuevamente.

Y los medios, que han perdido la capacidad de ofrecer análisis y cubrir procesos, y no sólo eventos, ya toman el camino fácil: seguir a los famosos y hacerlos aún más famosos. El periodismo analítico está desapareciendo. En los Estados Unidos todavía existe gracias a subvenciones y, en todos los países europeos, quedan pocos diarios de calidad, mientras que la mayor circulación la tienen los periódicos que ahorran a sus lectores el esfuerzo de pensar. The Daily Mirror en el Reino Unido y Bild en Alemania son los mejores ejemplos.

Internet ha hecho de todos un comunicador. Este es un logro fantástico. Pero en esta creciente barbarización, la gente utiliza Internet también para transmitir información falsa, historias basadas en la fantasía, sin ninguno de los controles de calidad que solía tener el mundo de los medios de comunicación. Y la clase política cabalga este camino, en lugar de enseñar civismo y visión. La inteligencia artificial ha entrado con fuerza en la red, creando muchas cuentas falsas, que interfieren en el proceso electoral, como se demostró en las últimas elecciones en los Estados Unidos.

Debemos agregar a esto que los algoritmos utilizados por los propietarios de Internet pretenden captar la atención de los usuarios para mantenerlos lo más posible. Este mes, el diario español El País publicó un extenso estudio titulado «La toxicidad de Youtube», en el que muestra cómo sus algoritmos llevan al espectador a elementos que son de fantasía, pseudocientíficos pero de gran atracción.

Esto se debe al hecho de que los propietarios se han enriquecido fabulosamente al transformar a los ciudadanos en consumidores. Ellos descubren nuestra identidad y la venden a las empresas para su comercialización, y también para las elecciones. Esos propietarios tienen una riqueza sin precedentes, nunca alcanzada en el mundo real: y no sólo en el mundo de la producción, sino también en el universo de las finanzas, que se han convertido en un casino sin control.

El entero mundo de la producción de servicios y bienes, hecho por el hombre, se acerca a un billón de dólares por día; en el mismo día, los flujos financieros alcanzan los 40 billones de dólares.

El divorcio del fundador de Amazon, Jeff Bezos, proporcionó a su esposa 38 mil millones de dólares. Esto equivale al ingreso promedio anual de 20,000 dólares correspondiente a 19 millones de personas. No es de extrañar, pues, que sólo 80 individuos posean ahora la misma riqueza que 2,3 billones de personas (en 2008, eran 1.200 individuos).

Ahora bien, según los historiadores, la codicia y el miedo son grandes motores de cambio en la historia. Eso también fue cierto en la era de Gutenberg. Pero ahora se ha activado una combinación de ambos en un corto período de tiempo. Después de la caída del Muro de Berlín, la doctrina de la globalización liberal llegó con tal fuerza que Margaret Thatcher (quien junto a Ronald Reagan introdujo la nueva visión de los beneficios individuales y la eliminación del bienestar social) habló del No Hay Alternativa (TINA por las siglas en inglés de There Is No Alternative).

Todo el sistema político, socialdemócratas incluidos, aceptó manejar un sistema de valores basado en la codicia y la competencia sin restricciones a nivel individual, estatal e internacional. Llevó 20 años, desde la caída del muro de Berlín, hasta la crisis financiera del 2008, para comprender que los pobres se han vuelto más pobres y los ricos más ricos, y que los estados han perdido gran parte de su soberanía ante las corporaciones multinacionales y el mundo de las finanzas.

Vale la pena señalar que, en la crisis del 2009, para salvar un sistema financiero corrupto e ineficiente, el mundo gastó 12 trillones de dólares (4 trillones sólo en Estados Unidos). Desde ese rescate, los bancos han pagado la impresionante suma de 800 mil millones de dólares en multas por actividades ilícitas.

La crisis financiera de 2009 ha provocado una ola de miedo. No olvidemos que hasta 2009, no hubo partidos soberanistas, populistas y xenófobos en ninguna parte, excepto Le Pen en Francia. Y viejas trampas como «en nombre de la nación» y «la defensa de la religión» no tardaron en ser resucitadas por políticos capaces de montar la ola del miedo. Se encontró un nuevo chivo expiatorio, los inmigrantes, y los populócratas ya están socavando la democracia en todas partes.

La populocracia es la nueva ola. El ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, introdujo un nuevo lenguaje político y televisivo. Salvini, Trump y otros lo han actualizado. Twitter, Facebook e Instagram son el nuevo medio y ahora el medio es el mensaje. La vieja élite no ha encontrado un nuevo lenguaje para comunicar con las masas.

La era de Zuckerberg es una era de codicia y miedo. Él intenta ahora crear una moneda global, Libra, para ser utilizada por sus 2.300 millones de usuarios. Hasta ahora, los estados eran las únicas entidades capaces de emitir dinero, un símbolo de la nación. La moneda de Zuckerberg se basa totalmente en Internet y no tendrá control ni regulaciones. En caso que falle, tendremos una crisis mundial sin precedentes. En la era de Gutenberg esto no era posible.

Pero ¿quién ha hecho que Jeff Bezos pueda dar 38 mil millones de dólares a una ex esposa? ¿Quién ha elegido a Trump y Salvini y compañía? Quienes hablan en el nombre de la nación y de la gente y convierten a los que no están de acuerdo con ellos en enemigos de la nación y de la gente, crea una polarización sin precedentes, acompañada por una orgía de revueltas contra ciencia y conocimiento, que han apoyado a la élite, y son por lo tanto enemigos de la gente común. Nunca se había visto una campana para reducir la instrucción, la investigación, la medicina pública, y eliminar los pilares de la cultura clásica, como griego y latín. Bolsonaro en Brasil ha anunciado que quiere eliminar filosofía y sociología.

Este proceso de barbarización no debe ocultar un viejo proverbio: cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Se llama democracia. Sin embargo, la élite tradicional no tiene código de comunicación con la nueva era. Hay una brecha creciente entre la élite y los ciudadanos. Y la respuesta podría encontrarse en la movilización ciudadana.

Una joven sueca, Greta Thunberg, ha hecho más con su obstinación por crear conciencia sobre el cambio climático inminente, que todo el sistema político. Incluso Trump (aunque por motivos electorales) ha declarado que el cambio climático es importante.

Hoy en día, muchos «puntos de luz» están apareciendo en el mundo. Las elecciones en Estambul son un buen ejemplo, al igual que las movilizaciones en Hong Kong, Sudán y Nicaragua, entre muchos otros.

Esperemos llegar a un punto en el que la gente tome las riendas del proceso y despierten al mundo del curso precipitado de la barbarización. Incluso Thomas Hobbes llegó a la conclusión de que la humanidad siempre, más tarde o más temprano, encontrará el camino correcto y se otorgará un buen gobierno. Pensó que una élite siempre sería capaz de dirigir a las masas.

Bueno, las élites son ahora los y las Greta Thunbergs de este mundo.

Mi opinión:

Si acordamos que el devenir de los tiempos genera en los seres vivos un proceso de nacimiento, desarrollo y muerte y que lo que el ser humano genera sobre la tierra también vive un proceso similar aunque tenga otras dimensiones en el tiempo y que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, que aún la ciencia no tiene conceptos concluyentes sobre si esto pudo ser de otra manera, en lo personal pienso que sí, que pudo ser de otra manera pero que este desarrollo es el que hoy debemos desentrañar. Y sobre el cual desarrollaron sus estudios Marx, Engels y Lenin, los más destacados.

Aclaremos que esto se corresponde con un razonamiento de base materialista, y que el mismo no pretende ignorar o desacreditar razonamientos con una base idealista.

Nadie hasta ahora ha estudiado esta etapa de la historia, la etapa del desarrollo capitalista desde su nacimiento como los que señalamos como maestros con un enorme bagaje de textos sobre el tema y al menos habría que analizar si algunos de sus conceptos centrales han sido superados en el estudio de la sociedad.

Savio constata hechos y su mensaje es de una enorme preocupación por lo que esta crisis está provocando en el seno de la Humanidad. Sus apreciaciones son sobre las repercusiones que en la sociedad vienen provocando las transformaciones en el aparato productivo pero sin llegar a apreciar que el modo de producción que predomina ya empieza a no gobernar ese aparato productivo, y necesita para salir de la crisis de una transición, que una inmensa mayoría del aparato político de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, no pueden entender sin una estatización de la economía que han heredado de su no comprendida derrota transitoria de Lenin en 1924, y que hoy no encuentra mejor reivindicación que lo que sucede con China y su entorno.

Una vez más recordemos a Marx en su crítica a la economía política:

«…en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinadas de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

¿Entonces?: Imaginemos a organismos multinacionales que hoy ejercen la función de tratar de estabilizar y de darle continuidad a la predominancia del capitalismo abandonando ese papel y constituyéndose en los impulsores de programas que utilicen los capitales que hoy no se pueden utilizar pues no generan rentabilidad en la actual predominancia capitalista.

Cuando señalamos que la transición hoy tiene dos herramientas básicas: la moneda y los impuestos, no estamos ignorando que lo mejor que podamos reunir de la Humanidad tiene entonces la primordial tarea de poner en marcha todas las capacidades productivas del conjunto de la sociedad y que eso pasa por cuidar a fondo las capacidades de la enseñanza, de la salud y pasando por todos los aspectos que integran la vida humana.

Humildemente queremos señalar que lo que Savio muestra es precisamente aquella parte de la sociedad hundida en el aparato político y que aún no ve que iniciada la transición (insisto en las dos herramientas básicas: moneda e impuestos) la liberación de las capacidades humanas permitirá soñar con una organización social más elevada y con seres humanos con un mejor desarrollo, armónico. Pero también con una organización económica donde la cooperación comience a hacer su camino global por sobre la competencia.

Roberto Savio ve el aumento de la incultura de la gente y nosotros que no negamos esto, también vemos una enorme capacidad hoy contenida por reglas económicas predominantes que una vez vencidas por la voluntad política, que se necesita para la transición, serán capaces de liberar fuerzas para construir la sociedad del pan y de las rosas.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 24 de Julio de 2019.

Perlas del debate.

Perlas del debate.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Sé compañeros que hay una gran preocupación luego de lo que viene ocurriendo en particular en nuestra América. Se trata de no retroceder, pero eso no nos puede llevar a no razonar donde estamos parados. La crisis que vive la predominancia del modo de producción capitalista es irreversible y se agrava.

El economista Javier de Haedo actual técnico del Partido de la Gente en Uruguay ha propuesto frente al déficit fiscal, el aumento del IVA. Hay que debatirlo mostrando que la sociedad tiene otras posibilidades y no precisamente en la que propiedades productivas pasen a manos del Estado. Lo que noto es que en la izquierda hay resistencia a discutir un sistema impositivo que vaya más allá de las fronteras o a hablar de gravar los actuales emprendimientos.

En esto último probablemente existan formas impositivas mejores que las actuales, sin duda, pero hemos vivido en un país donde las inversiones producto de la evasión fiscal del vecino han tenido un rol predominante. Trump se amuralló y su economía ha crecido un 3,5%, Cristina Fernández propone que Argentina haga lo mismo. Se entiende que esto puede ayudar a ganar una elección pero que es suicida. ¿Cuál es la alternativa?: aprovechar el comando mundial de la economía que se desplaza a China y abrir al análisis de lo mejor de la humanidad para convertir las inversiones en una palanca que termine con la pobreza en el mundo. Libertad de planificación por encima de las fronteras nacionales, una medida monetaria única y universal. Que los impuestos sean sobre la circulación del dinero dando muerte a los paraísos fiscales, y a los impuestos al consumo, el trabajo y las pensiones.

Agarrar el Poder Ejecutivo hoy en cualquier país del mundo es una brasa ardiente, por eso la derecha aspira al control y a bajar los beneficios de la gente pero no tiene ni una puta idea de cómo hacer para solucionar los problemas actuales.

Un debate televisivo:

El sistema electoral uruguayo establece que haya una primera elección no obligatoria para los electores, si para los partidos donde estos eligen su candidato único por lema partidario.

En este caso el debate fue entre un precandidato del Partido que está en el gobierno y uno de los partidos de la oposición, tampoco mayoritario.

Más que un debate que sirviera para analizar la postura de cada uno y que tuvo las limitaciones que analizamos de acuerdo a nuestra opinión, el mismo pudo realizarse porque servía a los contendientes en la lucha interna de sus partidos.

Si a esto agregamos los intereses de la empresa de televisión que los realiza y que tiene su propios intereses, llegamos a la conclusión de que hay una omisión legislativa y que existen propuestas aún no consideradas.

Debatieron en un escenario armado por canal 4, Ernesto Talvi –economista–, el candidato más preparado de la derecha, que no quiere decir que la derecha lo elija en definitiva como su candidato, con Oscar Andrade –dirigente obrero del gremio de la construcción– uno de los más destacados de la nueva camada del movimiento obrero uruguayo. Talvi arremetió con la batería de argumentos en los cuales el capitalismo es un dato de la realidad y los efectos de la crisis son responsabilidad de los que gobiernan. Pero con un claro deslindamiento de lo que habían sido las administraciones anteriores al Frente Amplio, le es un lastre muy pesado y Andrade se lo marcó con lujo de detalles y desarrollando con brillo los avances en estos años. No le correspondía a Andrade desmentirlo pero lo que más me dolió es como se miente sobre la crisis del 2001-2002 en la que Talvi estuvo involucrado como lo muestra claramente el libro de Claudio Paolillo, –«Con los días contados»–, a pesar de que el libro miente en el mismo sentido. El mérito del Presidente Jorge Batlle en medio de la debacle originada en la crisis Argentina pero en la que Uruguay veía pasar los dólares por sus instituciones financieras hacia los paraísos fiscales, fue la de perdido por perdido –Fernando de la Rua, ya había renunciado a la Presidencia de Argentina, el libro analiza que aquí en el Uruguay se iba en el mismo camino confiar las negociaciones con el FMI en un dirigente sindical de AEBU, (gremio bancario) Juan José Ramos, que con Alejandro Atchugarry –como Ministro de Economía, formaron un gran equipo y negociaron una salida lo mejor posible para la gente.

En síntesis el debate televisivo mostró en qué situación estamos, en la que el futuro necesita de un programa que hoy no existe y el pueblo uruguayo necesita defender lo que ha conquistado.

Todos recordarán que don José Batlle y Ordoñez se oponía al impuesto a la renta, y en la izquierda hacíamos caudal con esa posición para diferenciarnos del pensamiento de aquel Batlle sin analizar que significaba. Era la época en que socialismo y estatizaciones eran sinónimos. Sin embargo la caída del capitalismo de estado, en la llamada Unión Soviética, nos ha obligado a estudiar estos temas y a volver a los maestros. Hoy tampoco se puede plantear un sistema tributario que no tenga en cuenta el tema de las inversiones, al menos hasta que el país y su izquierda vuelvan a replantear en el plano mundial la necesidad de cambiar radicalmente los sistemas impositivos que existen en el mundo. Los impuestos deben ser sobre la circulación del dinero, dando muerte a sistemas basados en el consumo, el trabajo y las pensiones. Haciendo que ninguna transacción sea válida sino está debidamente registrada donde la sociedad lo determine.

Por otra parte hay una falsa percepción en la sociedad sobre donde está radicado el gobierno del mundo, la izquierda no ayuda en precisamente en lo que debería ser su papel histórico: incorporar los aportes de la ciencia para que la sociedad pueda resolver conscientemente sus problemas.

La predominancia de este modo de producción está llegando a sus límites y necesita de una revolución para transformarse, para transitar a un modo de producción superior y para ello necesita ideas, que ya existen pero que aún no predominan porque el modo de producción que está llegando a sus límites hasta ahora ha logrado encapsularlas ideológicamente en una suerte de gobiernos estatales.

En 1916 Lenin escribe: «El imperialismo fase superior del capitalismo» donde analiza como el gobierno de la economía se iba desplazando hacia los conglomerados empresariales multinacionales. Luego de la segunda guerra mundial y del fracaso de Lord Keynes de imponer una unidad monetaria universal, el centro del capitalismo se desplazó del Reino Unido hacia EE.UU. ahora la crisis irreversible de la predominancia del modo de producción capitalista que se expresa claramente en el creciente e imparable endeudamiento junto con el aumento exponencial de los paraísos fiscales, lo que hace que el centro del capitalismo se esté desplazando hacia China y su entorno. China gobernada por el Partido Comunista y convertida en líder del libre comercio, mientras EE.UU. en una crisis muy intensa amuralla su economía contra todas sus tradiciones y consigue un aumento del 3,5% de su PBI. A su vez Putin informa públicamente que las reservas en dólares en Rusia son de 500.000 millones de dólares.

Estas son cosas fundamentales que hoy en la izquierda no se discuten y se aceptan conceptos de desarrollo nacional que son irrealizables sino están planificados a nivel universal. Mujica hizo un intento en la ONU en setiembre del 2013, pero luego se replegó totalmente.

Se lo escuché a un hombre de ciencias: «En la ciencia se puede errar, pero se sabe rectificar».

«Los científicos solemos reconocer al arte y a la creación artística la capacidad de fantasear ilimitadamente con la sola condición de que tales fantasías satisfagan nuestros gustos, nos provoquen placer, enriquezcan nuestra condición humana y sean reconocidas desde el principio como tales fantasías. En política, desgraciadamente, algunas fantasías han sido admitidas como verdades y han costado muy caro».

Este es el desafío y no otro.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 18 de
Junio de 2019.

Jubilaciones y/o pensiones.

Jubilaciones y/o pensiones.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Nacieron como las conocemos actualmente como una necesidad dentro del modo de producción capitalista, venían ya en la historia, de la solidaridad, de la atención a sectores menos protegidos de la sociedad, de la rica epopeya de la hermandad entre los seres humanos.

Hoy sufren las vicisitudes del modo de producción predominante y sería en vano analizarlas fuera del contexto pues su «costo» hoy forma parte del costo del sistema, que ya está llegando a los límites posibles de su desarrollo. A ninguno de los asesores empresariales que hoy son casi imprescindibles para el accionar de estas instituciones se les ocurriría calificarlo y tratarlo de otra manera a riesgo de perder su calificado y bien remunerado trabajo.

Sin duda que sobre esto podemos elaborar hermosos discursos, hermosas teorías sobre los derechos humanos, sobre las tradiciones de atención y sacrificio en todos los problemas que la vida del ser humano afronta, pero en definitiva quienes ejercen el poder llegan al final a la ecuación costo‑beneficio, y sobre ella abordan las definiciones.

No es otra la razón del porqué una parte mayoritaria de la humanidad vive en la indigencia y con la carencia de satisfacción en sus necesidades de vida. Al modo de producción predominante le es imposible en las actuales circunstancias sin abandonar esa predominancia atender lo que es una grieta creciente en la mayoría de las sociedades que pueblan el planeta. El capitalismo ya no tiene solución para organizar la sociedad de otra forma. Y conste que durante toda una etapa existió una camada importante de intelectuales y técnicos que aspiraron a una solución con el capitalismo de Estado. En cuyo seno hubo y hay distintas formas de abordar esta problemática y el de la burocratización.

Los funcionarios neoliberales que abundan en el sistema, a veces con disfraces distintos, nos hablan de cómo ajustar costos, o como acostumbrar a la gente a vivir con menos ingresos. O los políticos oportunistas que abundan que nos hablan no de soluciones sino de cómo hacer para en el compromiso abarcativo del conjunto político adormecer el tema. Es un tema grave nos dicen, debemos reunirnos todos y llegar a un acuerdo. Acuerdo para el cual no se les ocurre como dicen en el barrio: «ni una puta idea», y elucubran con las variables sin ir al fondo del problema: los recursos.

¿Por qué en determinada etapa de la historia el capitalismo se dispuso aún a costa de enlentecer su acumulación destinar recursos con este fin? El capitalismo eclosiona su predominancia a partir de la revolución francesa que rompe los diques del feudalismo y proclama, libertad, igualdad y fraternidad. Sintió la presión social que a su vez contradictoriamente al ampliar el mercado dio base a una mayor dimensión para su desarrollo. Explicación que nos lleva a entender el porqué de China y su entorno hoy.

Rápidamente entonces, de acuerdo a como se lo permiten las circunstancias asimila los derechos conquistados por las masas y acelera su camino de desarrollo, transformando millones y millones de la plusvalía en un capital universal, primero por el Estado y luego superando esas fronteras en capitales empresariales universales.

Reconoció todo lo que necesitó reconocer para transitar ese camino. Las masas impusieron conquistas y derechos que hicieron que el capitalismo se fuera adecuando en su desarrollo a las circunstancias que la conquista de esos derechos les imponía. Fue la época del gran desarrollo capitalista y de la que algún desprevenido diría: «es el fin de la historia» o a la que no faltó quién agregara: es el fin de la utopía comunista, aún cuando Joan Manuel Serrat advertía que los pobres se estaban juntando esperando al señor1.

Ningún país por más desarrollado que fuera pudo convertirse en un superimperialismo dentro del capitalismo (Lenin, 1916: «El Imperialismo fase superior del capitalismo»). El centro de este –del capitalismo–, pasó del Reino Unido a EE.UU. y ahora se traslada a China y su entorno. Los gobiernos estatales pasaron a perder facultades frente al desarrollo universal de los conglomerados empresariales multinacionales, que por supuesto nunca han abandonado la pugna intercapitalista que caracteriza al sistema.

Sin embargo, hoy asistimos a una contradicción como lo es la de que en EE.UU. una de las cunas del neoliberalismo capitalista, asume el gobierno una corriente que defiende al capitalismo amurallado, y por otro lado el capitalismo mundial toma como centro y desarrollo del libre comercio a China y su entorno comandado por el Partido Comunista.

Los sistemas de seguridad social, de previsión social, que fueron compatibles con la ideología del capitalismo comienzan a derrumbarse en todo el mundo y la humanidad siente la indefección que su crisis causa. Siente que todo lo logrado está cuestionado, no hay recursos para atender a los problemas de la gente.

En el Uruguay caminando ya el año electoral, todos amenazan con blandir el tema. A su vez todos coinciden en no tener la menor idea de qué hacer, pues es precisamente en el marco de los recursos donde existen las dificultades para comprender que esos recursos deben provenir de la circulación del dinero y que este debe ser medido universalmente. Se entiende pero no se acuerda.

En Europa por ejemplo, el informalismo crece inexorablemente sin solución de continuidad, y las tareas que hoy se deben organizar a través del Estado se hacen doblemente costosas, si de competir con el informalismo se trata.

El debate inaplazable sobre la seguridad social, sobre la previsión social no es otro que el debate sobre la muerte en paz de la predominancia del modo de producción capitalista y tiene que abordar inexorable el valor universal de las mediciones monetarias así como que los impuestos deben ser sobre la circulación del dinero, dando muerte a los paraísos fiscales y a los que se aplican sobre el consumo, los salarios y las pensiones. El inmenso monto que hoy ya se puede recaudar, si se produjera este giro en la economía, no puede ser destinado a engordar los aparatos estatales sino a que el mundo encuentre los mecanismos de administración y gestión que permitan rápidamente administrar y ejecutar, organizando el trabajo de todos los seres humanos en el Planeta, atendiendo, su salud, su enseñanza, y todas sus necesidades vitales. ¿Es posible hacerlo? Si es posible hacerlo ya, existen todos los medios técnicos y científicos. Se necesita como única condición la voluntad política para la cual ya existe una vasta experiencia y un importante bagaje de conocimientos.

La forma de desarrollar el aparato productivo aún sin la predominancia del capitalismo, continuará siendo capitalista aún por mucho tiempo imponiendo la rentabilidad y la eficiencia que los organismos de la sociedad deberán controlar en beneficio de esta. Hasta que la sociedad en su progreso haga el aprendizaje para una organización de la producción superior, como por otra parte ha ocurrido con los modos de producción anteriores.

Seguramente se nos dirá, ¿y mientras tanto?: defender organizadamente todo lo conquistado pero sabiendo que sus límites son cada vez más estrechos y propicios a situaciones trágicas, sino abrimos paso a soluciones como las que hemos marcado.

Seguramente en alguna nota posterior abordaremos el urticante tema de las diferencias en los montos de jubilaciones y pensiones, así como las que existen de notorio privilegio, y no sólo algunas de las militares, que son las que ahora en el Uruguay están en el debate. Y que no es otra cosa que el traslado a la realidad de la seguridad social, de las injusticias que existen en el mundo laboral actual.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 29 de Marzo de 2019.

Nota:

1Canción Disculpe el señor.

Disculpe el señor
si le interrumpo, pero en el recibidor
hay un par de pobres que
preguntan insistentemente por usted.

No piden limosnas, no…
Ni venden alfombras de lana,
tampoco elefantes de ébano.
Son pobres que no tienen nada de nada.

No entendí muy bien
sin nada que vender o nada que perder,
pero por lo que parece
tiene usted alguna cosa que les pertenece.

¿Quiere que les diga que el señor salió…?
¿Que vuelvan mañana, en horas de visita…?
¿O mejor les digo como el señor dice:
«Santa Rita, Rita, Rita,
lo que se da, no se quita…»?

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra y por mar.

Y como el señor dice que salió
y tratándose de una urgencia,
me han pedido que les indique yo
por dónde se va a la despensa,
y que Dios, se lo pagará.

¿Me da las llaves o los echo? Usted verá
que mientras estamos hablando
llegan más y más pobres y siguen llegando.

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise
si tienen en regla sus papeles de pobre…?
¿O mejor les digo como el señor dice:
«Bien me quieres, bien te quiero,
no me toques el dinero…»?

Disculpe el señor
pero este asunto va de mal en peor.
Vienen a millones y
curiosamente, vienen todos hacia aquí.

Traté de contenerles pero ya ve,
han dado con su paradero.
Estos son los pobres de los que le hablé…
Le dejo con los caballeros
y entiéndase usted…

Si no manda otra cosa, me retiraré.
Si me necesita, llame…
Que Dios le inspire o que Dios le ampare,
que esos no se han enterado
que Carlos Marx está muerto y enterrado.

Joan Manuel Serrat.

De izquierda.

De izquierda.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Vamos a tratar de debatir con la postura ideológica del compañero Esteban Valenti. Para ello recurrimos al copete (no sé si es correcto llamarlo así) de una sus últimas notas en Uypress.

La crisis de la izquierda latinoamericana. Esteban Valenti.

12-11-2018.

«Sobre este mismo tema escribí hace tiempo varias columnas, pero ahora se trata de una crisis más profunda. No hay ninguna duda de que la tendencia de principios de este siglo de un avance importante de las ideas de izquierda y de los gobiernos de izquierda en América Latina se ha revertido y coleccionamos graves derrotas, no solo por la pérdida de gobiernos, algunos de dudosa orientación de izquierda, sino por la profundidad ideológica y política de las derrotas sufridas».

¿Dónde debemos radicar la crisis para analizarla y llegar a conclusiones sobre ella? Porque a esta altura no hay dudas de que la humanidad está viviendo una de sus mayores crisis, tal vez definitoria para lo que serán los próximos siglos. De la que necesita salir en paz.

Aún con sus particularidades la izquierda está dentro de ella, si es que acordamos en la base materialista de nuestro razonamiento.

El modo de producción que hoy predomina en el mundo y marca las características actuales es plenamente el capitalista. Que nació hace relativamente en la historia poco tiempo, pero que se desarrolló y llegó a los confines de todo el planeta.

Tal vez lo más difícil de comprender es lo que previó Lenin en 1916: que el sistema iba a propender en su pugna –intrínseca a la competencia capitalista– a un gobierno ecuménico muy por encima de cualquiera de los Estados. Apreciables hasta en la dificultades que tiene hoy para desarrollar su política el gobierno de Trump.

Se constata con claridad que las fuerzas económicas que impulsaron la candidatura de Trump, han logrado un primer y presumible efímero crecimiento económico, que son todo un enigma por su proyección crítica en la economía mundial.

Macri ni siquiera ha tenido ese respiro y aún aquellos economistas (no fueron pocos), que avizoraban una mejora en la situación cuando el proceso electoral que determinó su triunfo, hoy ven con alarma la forma en que su gobierno se acerca al precipicio. Con Bolsonaro la alarma es aún mayor, y si ha ganado merced a la crisis del PT, es aún mayor la incertidumbre porque no existe un programa posible para el desarrollo de la economía de ese país.

Esto supone acordar que en el proceso de desarrollo de la economía lo que puedan hacer los Estados siempre va a estar supeditado a lo que suceda en el desenvolvimiento enfermizo de la economía global. Cada día que pasa más aún.

En sus inicios el Reino Unido ejerció la centralidad del sistema económico, su pérdida tiene mucho que ver con lo que los propios trabajadores y pueblo de ese reino fueron conquistando en derechos.

El propio desarrollo del capitalismo necesitó a determinada altura de otro centro, no olvidemos que para llegar a ello pasamos nada más y nada menos que dos guerras denominadas mundiales, producto de otras tantas crisis.

Ese nuevo centro cargado de dinamismo, que en su crecimiento interno jugó un papel primordial los avances tecnológicos de la época y en particular las comunicaciones económicas realizadas a través del ferrocarril, pareció ser o se le describió como la meca definitiva del capitalismo (el fin de la historia). La teoría del super imperialismo de Kaustky moría con el declive del Reino Unido pero renacía con EE.UU.

Luego una nueva relativa sorpresa, a EE.UU. se oponía la URSS y se nos explicaba que esa era la gran pelea entre capitalismo y socialismo. Lo cual era de conveniencia de unos y otros contendores. Los maestros ya no estaban para defender sus tesis. Sí había intérpretes, que como ocurría con el cristianismo y los intérpretes del viejo y nuevo testamento, hacían prevalecer las enmiendas y no el soneto.

Las leyes económicas son más fuertes que los inventos ideológicos, que no tienen una base material sustentable. Los capitalismos de Estado comenzaron a derrumbarse en una competencia desigual con el viejo capitalismo y sus nuevas formas, absorbiendo la tecnología, aún cuando que hayan durado más de 70 años no es poca cosa. Además de hacer crecer a distintas teorías sobre la condición humana que tratan de demostrarnos que el deseo de propiedad es parte de esa condición y que el hombre nuevo será tan nuevo que no tendrá esa condicionante.

Resumiendo; las luchas sociales lograron avances en las conquistas de los trabajadores e impusieron sistemas de seguridad y de previsión social, esto le dio una mayor base social al capitalismo, pero a la vez hizo que los capitalistas que primero traían la materia prima de las colonias se trasladaran a ellas con sus inversiones y sus nuevos y lujosísimos hábitat, aprovechando el atraso en las conquistas sociales, aunque inevitablemente trasladándolas también a ellas.

En muchas de esas colonias la lucha contra la conquista pasó a la lucha contra el imperialismo por imponer cosas elementales como el voto en el derecho de los trabajadores. Y porque no con el sueño de capitalismos propios que el propio sistema general se ha encargado de generar y luego de ir derrotando.

Los partidos de izquierda nacidos en el viejo continente se trasladaban a los nuevos buscando incorporar derechos pero a la vez soñando con tener la oportunidad de gobernar. Combinaciones que muchas de ellas recibieron el nombre de «bonapartistas» en alusión a hechos políticos de siglos anteriores.

En Rusia a principios del siglo 20 se dio la combinación del atraso con el adelanto industrial. La revolución campesina con la revolución socialista. Marx habla de esa posibilidad en uno de los prólogos del Manifiesto Comunista; su motor fue la guerra a la que llegó la crisis capitalista. No es que Lenin y los bolcheviques se propusieran el socialismo y luego construir el comunismo en Rusia. Sí se proponían hacer que las conquistas sociales llegaran al conjunto de la población –imponer la paz– y para eso tenían que mantener y desarrollar el aparato productivo que el capitalismo había logrado construir para llegar a esa etapa.

Batlle y Ordóñez en el Uruguay lo dice claramente a la muerte de Lenin y en su homenaje por la obra realizada en beneficio de la gente.

La tarea de construir un Partido impoluto, para construir el socialismo y luego el comunismo por Estados, nada tiene que ver con Marx, con Engels, con Lenin, ni con Gramsci.

Si compartimos que haya principios éticos y morales para organizar Partidos y Gobiernos que defiendan el mejor interés de la gente, dentro de la propia existencia del capitalismo y separando claramente los tantos para que este no imponga sus propias reglas éticas que devienen de la competencia intercapitalista y de la cual los poderes del Estado son siempre un instrumento.

Entonces el avance en cada país de la izquierda mucho tiene que ver con la propia estructura social del país y como se muevan las propias organizaciones de la sociedad. Lula en Brasil dio una lucha gigantesca para organizar sindicalmente y políticamente a los trabajadores, pero esa lucha que fue resistida por la burguesía –particularmente la paulista– contó con su apoyo en el momento que esta vio que Brasil tenía posibilidades de desarrollo industrial con perspectivas universales. El ex presidente Mujica llegó a hablar de que era la oportunidad de viajar en el pescante de la economía de Brasil. Ahora ese romance que no dejó de lado ninguno de los vicios de esa burguesía, se quebró cuando esta sintió que las conquistas de los trabajadores y el mercado mundial le podían ser adversos.

¿Qué nos propone Esteban? Una pureza ética en la construcción política partidaria que compartimos y no difiere de la que pretendía Lenin para su organización pero que deben remar diariamente en una realidad que es inexorable y se filtra por todos los poros.

El modo de producción que predomina es el capitalista y en él hay que navegar, defendiendo y extendiendo el derecho de la gente, cerrando el paso al retroceso que tiene una identidad: la del fascismo y la guerra.

Ello no se logra sólo defendiendo la democracia, que es de enorme importancia hacerlo, sino desarrollando un programa. Programa que no es para construir un Estado alternativo como es el sueño que encandiló a la izquierda luego de la derrota de Lenin (en 1924), sino para ampliar los derechos y conquistas de los trabajadores, marcando los centros que es necesario marcar en el funcionamiento capitalista, para que este sistema pueda una vez llegado a su límite morir en paz. Esos centros son la moneda y los impuestos. Aunque de ello todavía no se hable lo necesario.

Esto hoy debería ser el objetivo central de toda militancia de izquierda, y no creo que haya otro objetivo superior y que por el contrario los que hoy se esgrimen no van más de allá de los apetitos por los cargos que aún el capitalismo sigue brindando en los Estados, aunque ellos provengan de posiciones ganadas por la prédica de izquierda y las mieles de la burguesía.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 13 de Noviembre de 2018.

 

De cocina…

De cocina…

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

En uno de esos intercambios frecuentes que realizamos en Facebook, me quedó grabada la expresión de una compañera: «vos decís que no nos están cocinando».

A partir de esa expresión, que es en su lógica inconformista, mi respuesta me ubica directamente en la realidad política de hoy.

Todos los aspectos de nuestra vida se conjugan, pero en ellos tiene un claro predominio la economía, la base material de la misma.

Hoy noviembre del 2018, la economía en el mundo se sigue concentrando en cada vez menos manos, pero eso no quiere decir que en muchos países del mundo actual muchos derechos en la vida de la gente no hayan conocido avances. Claro en medio de la tragedia, la guerra, y la miseria de la vida de la mayor parte.

Los límites de esos avances van a depender en un determinado momento de las propias condicionantes universales de la economía, que es lo que prácticamente la totalidad de los postulantes políticos en cada uno de los países trata de eludir pronunciarse en sus propuestas de futuro, como si ellos en cada país dispusieran de recursos propios e inagotables. Que eso es lo que hoy parece pasar con países como China y en determinado momento del auge de algún tipo de comoditie pasó con otros países particularmente los petroleros. La realidad se ha encargado luego de hacerse sentir.

En el Uruguay en determinado momento –Presidencia Mujica–, este declaraba que debíamos viajar en el estribo de Brasil, y no faltaban los operadores políticos que nos dijeran que con Aratirí (hoy en juicio contra el Estado), con el puerto de aguas profundas, con la regasificadora, el país tenía un gobierno estable por 50 años. Hasta algún optimista nos dijo: «hay Frente Amplio en el gobierno para 50 años». Se hablaba hasta de tener un matriz productiva propia, soñando con las posibilidades de nuestro «espacio económico». Matriz productiva propia no tiene ni siquiera China, la mayor parte de lo que en ella actualmente se planifica tiene más que ver con el desarrollo del capitalismo en el mundo que en su propio territorio aún cuando esa sea hoy la preocupación expresada por sus líderes. Es más ese será el tenor del desafío para sus dirigentes en los años próximos e inmediatos.

La burguesía paulista en un principio entusiasmada con Lula, comenzó a sentir la incertidumbre de un mundo en permanentes tribulaciones y lo que los brasileños estaban obteniendo con un Estado benefactor a serle preocupante por sus costos.

Lo que antes era el curso normal del despilfarro capitalista pasó a ser la corrupción de una izquierda que fue proclive a ello, y arrastró a sus mejores cuadros.

Hoy con Bolsonaro tratan de frenar esto último pero la incertidumbre permanece, pues el capitalismo es un sistema que extrae sus recursos en el inicio de su camino de la plusvalía pero luego necesita un mercado que consuma. Y Brasil aún teniendo un periodo de reorganización económica interna, el mundo lo espera para ajustar cuentas en un mercado mundial cada vez más exigente. Algo de esto está pasando con Trump y su economía amurallada.

Así como el centro del capitalismo pasó en el curso del siglo 20 del Reino Unido a EE.UU. hoy está pasando a China, con los cambios que ello supone en la relación económica interna de cada Estado.

Aquello de que nosotros podemos hacer lo que queramos dentro de nuestras fronteras nada tiene que ver con la realidad actual del mundo, mal que les pese a cada uno de los postulantes a regir el destino político de cada Estado.

Por supuesto que cada gobierno va a imprimir a su gestión la tónica del sector social que prevalece en su estructura.

Sin embargo los «estatistas» llevan todas las de perder, y sin duda que no pueden impedir que nos sigan «cocinando» como aseveraba la compañera que mencionábamos al inicio.

¿Qué herramientas tenemos para cambiar este curso de los acontecimientos que parece aguardarnos con cada vez más desafíos de tragedias humanas?

La economía madura rápidamente en todo el mundo hacia un cambio, por ahora predomina el concepto estatista, y cada uno de los proyectos se auto limitan sin ir más allá de los Estados y sus regiones, ¿de dónde surgirá entonces la señal para el cambio?: ese salto que tiene raíces muy profundas en el terreno ideológico en obras escritas que comienzan a ser más frecuentemente consultadas y necesita que lo mejor de la humanidad se reúna y debata hacia salidas ecuménicas, que esas obras señalaron en determinado momento en que fue necesario como hoy el esfuerzo colectivo para avanzar.

Es muy importante gestionar bien, con decencia, –no es común– ahora no alcanza con ello es necesario desarrollar ideas que permitan transitar con éxito esta etapa, con la condicionante de que ese programa deben acordarse además imprescindiblemente en el marco universal con el retraso de que quienes lo han hecho se han limitado a los intereses de sus propios Estados.

En el Uruguay rodeados por el retroceso social de Argentina y Brasil nos aprestamos a una campaña electoral que por ahora tiene en sus inicios la chatura de esto que estamos analizando, de programa nada, solo candidatos a ser buenos gestionadores desde el gobierno y con una oposición que cada día aspira menos a la Presidencia y más a los cargos en el aparato del Estado, lo que se ve como una comodidad en la atención de su clientela política directa. Lo cual no es bueno.

Los candidatos del Frente Amplio en el gobierno, que se han postulado parten de esta realidad y cada uno de ellos merece nuestro apoyo y la vez nuestra interrogante de cómo van a encarar el futuro, por ahora es su debe. Bergara ha sido tal vez el que más se ha preocupado por mostrar los desafíos tecnológicos en el mundo del trabajo, pero el debate aún no se abre y el programa que el Frente se apresta a aprobar es un saludo a la bandera en el que los impuestos y la moneda están fuera, como si el destino de la gente no dependiera de ellos. Por supuesto que la oposición lamentablemente menos que nada, y que una posible abstención –siempre amenazante– está siendo conmovida por los sucesos de Argentina y Brasil.

Jorge Aniceto Molinari.
Paysandú, 3 de Noviembre de 2018.

El impuesto al valor agregado.

El impuesto al valor agregado.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Ese gran tema: los impuestos. De entrada para que no haya dudas vamos a cortar grueso: todos los sistemas impositivos que hoy existen en el mundo son de derecha.

Entendiendo por derecha la política que predomina beneficiando a determinados sectores en detrimento de los más.

No podría ser de otra manera porque el modo de producción que predomina es el capitalista, y el objetivo impositivo es contribuir a su desarrollo, también en los proyectos que aún perduran de capitalismo de Estado.

En otro periodo de la historia en que el capitalismo necesitaba de la acumulación para desarrollarse en la inversión, la política de izquierda era plasmar conquistas sociales que obligaran a los capitalistas en general, a tener en cuenta ese proceso.

Ahora digámoslo con claridad, esa fue la razón tal vez más importante de que el centro del capitalismo se desplazara del Reino Unido a EE.UU. y hoy a China. El inversor capitalista no cambió su carácter y siempre va buscando la menor resistencia social aunque hoy en China sabe qué el país está gobernado por el Partido Comunista y la duda que nos queda y resolverá la historia es si los líderes del PC Chino, en su praxis son plenamente conscientes o no de ello.

Por eso cuando un gobernante nos dice que su propuesta impositiva es justa –algunos le agregan que es de izquierda– o se engaña o nos está tratando de engañar.

El impuesto al valor agregado más conocido como IVA, o con otras denominaciones según el país en que se aplica, es el impuesto al consumo, que en el Uruguay cuando la crisis del 2001-2002 llegó al 27% sobre el valor nominal de la mercadería.

En esa etapa la evasión y elusión impositiva superaba el 40% de la actividad económica, era muy común la existencia de estudios jurídicos, notariales, contables, especializados en eludir su pago. Aprovechaban la falta de controles y la actividad fraudulenta para llevar tres tipos de contabilidades por empresa, una para declarar ante la Dirección General Impositiva, otra ante el Banco de Previsión social y finalmente una verdadera para saber realmente lo que pasaba en la empresa. Las dos primeras iban dirigidas a la evasión o elusión en cada uno de esos institutos.

En el Uruguay por ejemplo, los impuestos fundamentales, porque abarcan la mayor parte de lo recaudado, son precisamente provenientes de la imposición al consumo, los sueldos y las pensiones. Y se señala que el objetivo de no gravar al capital tiene como destino estimular la inversión y por lo tanto la creación de puestos de trabajo, punto crítico del desarrollo económico actual. El capitalista incluye los impuestos en el costo de la producción, forman parte de la evaluación de la rentabilidad o no de la actividad, y cuando esta no se da se van.

Las llamadas clases medias asalariadas o cuenta propistas, que no puedan evadir impuestos, –siempre hay especialistas en el sistema para intentar hacerlo– son las más castigadas, que por supuesto no tienen la movilidad del gran capital, que cuando siente que puede ser gravado huye hacia otros horizontes. También lo hemos visto en distintas etapas de la vida política de los distintos países con el abandono emigratorio de sectores profesionales o altamente especializados. Son los que también comentan que «el país es caro».

En un capitalismo de Estado, más allá de los títulos pomposos que el mismo tenga, «socialismo real», «socialismo del siglo XXI», más allá de las mejores intenciones, la injusticia del sistema impositivo tiene más directa relación con la moneda, donde los que manejan el poder tienen una y el pueblo otra. No decimos que se pueda hacer otra cosa, estamos explicando el por qué en esta etapa de la predominancia del modo de producción capitalista en el mundo, todos los sistemas impositivos encierran una concepción de derecha en tanto no se lucha para terminar en paz con la predominancia capitalista y poder encarar en el mundo un sistema impositivo basado en la circulación del dinero, que de otra manera no es posible.

Por eso nos parece hipócrita la actitud de la derecha, cuando en su persecución política habla de la ruta del dinero K, cuando en el Uruguay, el de las SAFI (Sociedades anónimas financieras), han existido y existen rutas de dinero que el país ha aprovechado, –muchas veces no tan bien como en el proceso de la crisis del 2001–, para que algo de eso quede en el país y genere trabajo, como supieron aprovechar de la coyuntura en una primera etapa los gobiernos del Frente Amplio.

De esto por lo general no se habla, como por ejemplo del novedoso impuesto aplicado por el gobierno de Macri en la Argentina a las exportaciones, en que por cada dólar exportado, el exportador paga una imposición fija en «pesos argentinos», es decir es un incentivo a la permanente devaluación del peso argentino que es en el que se cobran los sueldos y las pensiones. Es la concreción diabólica del sueño del ajuste permanente a los sectores dependientes de un ingreso fijo y en esa moneda. Ya aparecen comercios –carnicerías en Córdoba– que expenden sus productos al público en dólares.

Tal vez sea por eso la preocupación del Fondo Monetario y las constantes misiones, pues lo que para ellos es un peligro: la eliminación lisa y llana –como ocurrió en su momento en Ecuador– de la moneda nacional puede volver a ocurrir. El ataque al nivel de vida del pueblo argentino es brutal, lo que también preocupa al comando sur del ejército de EE.UU. por lo que una reacción frente a esto puede provocar en las fuerzas armadas argentinas por la tradición de sectores nacionalistas no atados a los imperialismo de turno, el inglés y luego el norteamericano, esté hoy asumiendo su función de gendarme de los complejos empresariales multinacionales que en pugna gobiernan el mundo. La Argentina de hoy es el de las bases militares de EE.UU, lo que afecta a la moral de su ejército.

Hoy que un país se dolarice y elimine su moneda nacional, no es ninguna afrenta a su soberanía, en el mundo el país más endeudado en dólares es EE.UU. y el país con mayor reservas en dólares es quién se va constituyendo en el centro del capitalismo mundial: China; lo que en economía política se estudió en su momento de la ventaja del señoreaje (la emisión de una moneda propia) ya prácticamente no existe.

Sostenemos que el mundo debe ir a una unidad monetaria única y universal, pero cuando hay países donde se esquilma al pueblo con un manejo por un lado del dólar y por otro de la moneda nacional, el que se hable un mismo lenguaje económico siempre es mejor para la gente.

En el Uruguay por esta razón no existen economistas partidarios opositores y aún de los otros, que propongan un cambio impositivo. Hablan de achicar el Estado, de achicar su asistencia, de poner trabas a los Consejos de Salarios.

El concepto de derecha con que se aplican los impuestos en el mundo colma sus expectativas y cargan sus dardos en estos centros y a la vez contra aquellos países que llaman populistas y responden a las necesidades populares, que por lo general al operar en el mercado capitalista muestran dificultades de gestión y corrupción para hacer algo diferente a lo que han sido las gestiones y prácticas corruptas en el hacer capitalista.

El desafío sigue siendo en la izquierda, aquí y en todo el mundo, el de abrir el debate en algo que se discute por parcelas y sin abordar el fondo del problema, que está estrechamente ligado a la caracterización de la crisis actual del sistema predominante y el programa necesario para poder encararla con beneficio para la humanidad.

En recientes declaraciones el prestigioso economista Cr. Enrique Iglesias destaca los valores de la política económica del Estado uruguayo, ubicándola en ese contexto cada vez más incierto de la economía mundial. Sin embargo también el omite caracterizar la crisis. Está faltando audacia para abrir el análisis a medidas que cada vez son más necesarias por el porvenir ecuménico.

Jorge Aniceto Molinari.
Lavalleja, 17 de setiembre de 2018.

A propósito del imperialismo y de los imperialismos, por Manuel Laguarda.

A propósito del imperialismo y de los imperialismos.

Jueves, 6 de septiembre de 2018 | Escribe: Manuel Laguarda en Dínamo.

La noción de imperialismo: vigencia y debates.

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como «antiimperialistas». ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.


La definición antiimperialista es parte de la identidad de la izquierda. Esto es así porque la categoría imperialismo sigue siendo válida para comprender muchos de los dramas e injusticias del mundo contemporáneo, así como algunas de las restricciones que pesan para limitar la capacidad de construir democráticamente el futuro por parte de la comunidad nacional o de la región latinoamericana.

En América Latina la referencia al imperialismo y al antiimperialismo apunta indiscutiblemente a Estados Unidos, la potencia hegemónica en la región desde que sustituyó en ese lugar a Gran Bretaña, por lo menos después de la Segunda Guerra Mundial. Y las tropelías y agresiones imperialistas jalonan la historia de nuestra región hasta el presente.

¿El imperialismo es uno solo? Si la respuesta es afirmativa, ¿se trata del imperialismo norteamericano o del imperialismo global? ¿O, por el contrario, son varios los imperialismos, y en ese caso igual se podría hablar de un imperialismo global que los abarca o enmarca?

El término «imperialismo» puede emplearse por lo menos con dos acepciones. En un sentido muy amplio, aplicable a cualquier época histórica o contexto, se utiliza como hegemonismo o dominación de un poder internacional sobre otro, al cual condiciona o limita. En un sentido más restringido, como lo teorizaron Hobson, Lenin, Hilferding y Luxemburgo hace más de un siglo, el imperialismo es una etapa de desarrollo y expansión del capitalismo, el cual para sobrevivir necesita de la expansión permanente.

Dentro de la teoría marxista, otros aportes deben ser tenidos en cuenta. Robert Cox (1983) ha aplicado los conceptos gramscianos de hegemonía a las relaciones internacionales para explicar el actual fenómeno del imperialismo. David Harvey, en «El nuevo imperialismo» (2003), retoma los desarrollos de Rosa Luxemburgo para plantear lo que él llama «solución espacial», la cual, junto con la acumulación por desposesión (privatizaciones, reestructuraciones de las sociedades, guerras y reconstrucciones posteriores), marca la expansión y la dinámica mundial del imperialismo, que no se limita así a actuar subordinando a las clásicas periferias.

Leo Panitch (2004) critica a la teoría marxista clásica del imperialismo por haber sobrestimado lo económico y subestimar lo político. La globalización ha disuelto la coherencia de las burguesías nacionales y ha creado una clase dominante transnacional. En esta última perspectiva podría hablarse del imperialismo en singular, si nos ubicamos a nivel del modo de producción capitalista en su conjunto actuando a escala mundial, y también podría hablarse de múltiples imperialismos y de la competencia y lucha entre ellos como rasgo justamente de la época que define al fenómeno imperialista.

Hay autores que plantean que a partir de la tercera revolución industrial y del fuerte empuje de la globalización de los 80 y 90, el capitalismo habría entrado en una tercera fase, o una segunda fase del imperialismo. Es lo que describimos como hegemonía del capital financiero transnacional, cuyo resultado es la crisis civilizatoria actual que abarca a todo el planeta.

Asumir la globalización del capitalismo como fenómeno incuestionable –por encima de países y de fronteras– no nos lleva al extremo de negar el papel de los centros de poder nacionales que se disputan la hegemonía mundial y que dan lugar a una suerte de lucha interimperialista, que recuerda a la que precedió a la Primera Guerra Mundial. Y ahí entran en juego –por lo menos– los imperialismos de Estados Unidos, de Rusia y de China.

En el mundo unipolar de la década de los 90 era indiscutible la hegemonía del imperialismo de Estados Unidos, contestada en el multipolarismo de los años más recientes. Hoy asistimos a procesos de reestructuración del capitalismo que podrían llevar a una rehegemonizacion de Estados Unidos. Pero pueden darse contradicciones a múltiples niveles, entre las potencias imperialistas y, a su vez, entre ellas o cada una de ellas y el capital transnacional. Por ejemplo, algunas de las líneas que representa Trump y que le permitieron triunfar van en esa última dirección.

¿Cómo nos paramos ante esa realidad? Afirmando la soberanía nacional, buscando la integración regional, apostando al multipolarismo y al derecho internacional, enfrentando y denunciando a todos los imperialismos. Un mundo equilibrado, con múltiples centros de poder, es preferible a un mundo unipolar, cualquiera sea el polo.

Pero nuestra perspectiva es más radical que la de, por ejemplo, el Foro de San Pablo (FSP), que plantea el dilema como una oposición entre Estados Unidos y los BRICS (Rusia o China). El capitalismo global es una totalidad. El camino no pasa por sustituir a Estados Unidos por Rusia o China. La opción es socialismo o barbarie, y hay que plantearse una gobernanza mundial democrática: globalizar la democracia para que ella prime sobre los mercados.

Visiones como las del FSP niegan la realidad de que Rusia y China son potencias capitalistas e imperialistas, tanto se entienda al imperialismo en la clásica acepción marxista, o como la necesidad del capitalismo, que ha llegado a cierto nivel de desarrollo de expansión y actuación a una escala mayor, entendida como dominación y hegemonismo.

En el caso de la ex Unión Soviética, sus específicas contradicciones trabaron en su momento el tránsito al socialismo y hoy Rusia asume un desarrollo abiertamente capitalista, con fuerte peso del Estado y rasgos autoritarios y mafiosos. En su pretensión de hegemonizar Eurasia, el gobierno de Putin desarrolla una política imperialista en esa parte del mundo en continuidad con los intereses y metas geopolíticas de la época zarista y comunista. Y financia y sostiene a la extrema derecha europea, además de cruzar elogios con Trump, exaltar los valores más tradicionales y conservadores de la iglesia ortodoxa y la Santa Rusia y apoyarse en ideólogos neofascistas como Alexander Duguin.

Y China es socialista sólo de nombre. Es una formación económico-social sui géneris sin democracia, con sindicatos controlados por el Estado: el paraíso ideal de los capitalistas. Es el lugar donde se extrae la mayor plusvalía de los trabajadores en el mundo. Y sus grandes empresas, que campean por el mundo –China es el paradigma exitoso de la globalización–, son asociaciones entre el Estado (o sea, el Partido Comunista) y la burguesía china (muchos de sus miembros integran dicho partido), con participación de las multinacionales en algunos casos.

Todo lo anterior no implica negar u olvidar todos los crímenes del imperialismo occidental, ni exculpar a Estados Unidos de sus antecedentes.

En el caso de los BRICS, no son una alianza estructurada o estable. Tienen potencialidades, tienen proyectos (como fondos de financiamiento y bancos comunes), tienen contradicciones e intereses contrapuestos entre ellos mismos. Pero la sola presencia de Rusia y China en el mundo actual es positiva, porque equilibra el mundo en el sentido del multilateralismo y contrabalancea el poder de Estados Unidos.

Una real perspectiva antiimperialista pasa por denunciar a todos los imperialismos y por defender y promover la paz, el diálogo, la democracia y el derecho internacional.

Manuel Laguarda integra el Comité Ejecutivo del Partido Socialista.

Enlace del artículo original en castellano:

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/9/a-proposito-del-imperialismo-y-de-los-imperialismos/

¿Por qué a la centroizquierda no le preocupa el imperialismo?, por Gabriel Delacoste.

La noción de imperialismo: vigencia y debates.

Lunes, 3 de septiembre de 2018 | Escribe: Gabriel Delacoste en Dínamo

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como «antiimperialistas». ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.


¿Por qué a la centroizquierda no le preocupa el imperialismo?

La palabra «imperialismo» no suele generar reacciones muy fuertes, aunque sí muy predecibles. En el mejor de los casos, es ignorada como un saludo a la bandera, y las más de las veces es recibida como una muestra de ingenuidad, de vejez o de dogmatismo. Se asume que el uso de esa palabra es solamente una muestra de adhesión tribal. Decir «competitividad» es científico, riguroso, responsable; decir «imperialismo» es ideológico, sesentista, panfletario.

Esta observación puede sonar increíble para los que sostienen que existe una hegemonía cultural de izquierda, pero lo cierto es que en las discusiones sobre el imperialismo, tanto en la izquierda como en las ciencias sociales, en la medida en que las hay, se suelen escuchar frases que parecen citas textuales del «manual del perfecto idiota latinoamericano». La globalización y el capitalismo son tomados como dados para, por lo menos, la mayoría de la centroizquierda.

En esta columna quisiera proponer la idea de que la izquierda, y de hecho también los diferentes «centros» (liberales y progresistas, y los que se dicen socialdemócratas), deberían dudar de la ridiculización noventosa de palabras (y conceptos) como «imperialismo» y empezar a plantearse seriamente preguntas sobre el rol de las potencias y del capital transnacional en la región como problema político de primer orden.

Si uno se pone a pensar, es verdaderamente insólito que estas discusiones ya no ocurran, después de las guerras de Irak, Libia y Siria, después de los drones del ex presidente estadounidense Barack Obama, después de que la «troika» aplastó a Grecia como a una cucaracha por intentar moderar el ajuste, después de que se destapó que el gobierno de Estados Unidos tiene acceso a todas las comunicaciones de todas las personas del mundo por intermedio de las multinacionales estadounidenses de la información. Más aun si pensamos en la forma en que las potencias y las multinacionales exigen tratados de libre comercio y de inversiones en los que las controversias se definen en tribunales fuera de la soberanía de los países y que imponen reglas de propiedad intelectual que solidifican las brechas tecnológicas. O si tenemos en cuenta que las grandes empresas se hacen crear zonas francas alrededor de sus perímetros y exigen que el Estado cree legislación e infraestructuras «ad hoc» para recibirlas. O si nos preocupa mínimamente la destrucción medioambiental a escala mundial, consecuencia, en buena medida, de la industria petrolera (a la que corremos el riesgo de subordinarnos si tienen éxito las prospecciones en nuestro territorio) y los ejércitos que la apoyan.

También si estudiamos la formación de las tecnocracias, la circulación de los intelectuales, el financiamiento de los «think-tanks» por parte de las potencias. Y también el ascenso de las ultraderechas, así como las redes transnacionales que lo sustentan, que tienen como centro a Estados Unidos. Basta pensar en las iglesias llamadas neopentecostales o en redes como la Red Atlas. El dominio de las potencias sobre la ciencia, la tecnología y la cultura de masas y las redes sociales es un fenómeno muy real, y basta detenerse a pensar unos minutos para darse cuenta de la gravedad que esto puede tener si se desea hacer cosas que no estén siempre alineadas con las potencias y el capital transnacional.

Sobre todo si tenemos en cuenta las intensas y permanentes intervenciones de Estados Unidos en esta región, abiertamente y en secreto (comprobadas cada vez que se desclasifican documentos), económica y políticamente, con presiones y con violencia, pero siempre a favor de los intereses de las clases dominantes, de la apertura de la economía y contra la izquierda, apoyando dictaduras cuando le son útiles y a la democracia cuando ya no, o cuando le sirve de excusa para intervenir.

Esto que estoy diciendo fue dicho miles de veces, y seguramente, si algún centrista sigue leyendo, a esta altura ya está perdiendo la paciencia con este desfile de obviedades. Pero si es tan obvio, ¿por qué la discusión sobre estos asuntos sigue recibiendo impaciencia y ridículo? Que estas reacciones provengan de la derecha es comprensible, pero no debería serlo que lleguen desde los que no están lejos de ser compañeros de la izquierda y que quizá alguna vez aspirarían a cobrarles algún impuesto a las grandes inversiones, a lograr algún grado de desarrollo tecnológico o a tener algún grado de autonomía política. Es decir, incluso un programa democrático y desarrollista de mínima debería preocuparse un poco más por la cuestión imperial, como bien lo hicieron muchos desarrollistas y los dependentistas (permítaseme decirlo) de los años 60, sobre quienes cayeron, primero, la censura y la represión, y luego, la ridiculización por parte de libros como el «perfecto idiota» y sus repetidores (no es un dato menor el hecho de que Mario Vargas Llosa, prologuista de ese libro, forme parte de la Sociedad de Mont Pelerin, principal agrupamiento del neoliberalismo global, estudiado por el historiador de las ideas estadounidense Philip Mirowsky).

Remarco que se trata de una ridiculización y de ataques, y no de argumentaciones. A veces pareciera que decir «te quedaste en los 60» fuera suficiente para cerrar una discusión sin tomarse el trabajo ni de pensar si efectivamente quien menciona al imperialismo está pensando como algún autor de los 60, ni de cuestionarse si no habrá algunas cosas que ocurrían en los 60 (o en los 50, o en el siglo XIX) que siguen ocurriendo.

Este tipo de no-discusiones tiene un claro aire de época. Emana de un sentido común que se formó entre los 80 y los 90, acompañando el triunfo de Estados Unidos (y del capital) en la Guerra Fría. En esos años, se desplegó una narración liberal-conservadora, liderada por autores como Samuel Huntington (que por cierto, trabajó para el National Security Council de Estados Unidos), según la cual lo que había ocurrido era una «ola de democratización», al mismo tiempo que desplegó otra narración, neoliberal, según la cual estaba sucediendo un proceso de globalización que no sólo era positivo, sino que además era inevitable.

Claro que mientras sucedía esto las izquierdas eran derrotadas en toda regla, en buena medida por sus propios errores, pero también por acertadas estrategias capitalistas e imperiales. Se recuerda mucho la caída del muro de Berlín, especialmente entre quienes después se convertirían en arrepentidos profesionales, pero no tanto que, más o menos en los mismos años, se estaban quebrando también la socialdemocracia europea (piénsese en la «vuelta en U» de François Mitterrand en Francia, en los pactos de Felipe González con la «casta» en España, en la «tercera vía» de Tony Blair en Inglaterra) y el Movimiento de los No Alineados (en manos de la «crisis de la deuda», comandada por actores imperiales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial). Mientras tanto, aquí operaban para la transición democrático-neoliberal «centristas» como Julio María Sanguinetti y Enrique Iglesias, asiduos participantes del Diálogo Interamericano, gran espacio de intercambio entre élites latinoamericanas y estadounidenses, documentado ampliamente por la investigadora uruguayo-mexicana Beatriz Stolowicz.

El neoliberalismo se hizo entonces tan hegemónico que buena parte de los que hasta entonces fueron de izquierda (ex comunistas, ex socialdemócratas, ex desarrollistas) adoptaron como propia, primero como concesiones pragmáticas y luego como convencimientos ideológicos, buena parte de los postulados neoliberales (recordemos que, como dice David Harvey, «neoliberalismo» es una forma de llamar a la ofensiva imperial-capitalista que se inicia en la década de 1970).

Cabría preguntarse si estos anti-antiimperialistas de centro niegan la existencia del imperialismo, o si sostienen que el imperialismo existió pero no existe más, o si existe pero no es relevante para analizar la política a nuestra escala, o si importa pero no puede ser derrotado. O, quizá, que muchos de los desarrollos que mencioné antes en realidad son positivos porque implican una mayor eficiencia y posibilidades de crecimiento económico. A veces, estas ideas se confunden, y sería bueno que se aclararan, para que esta discusión pudiera encararse con menos eslóganes y más seriedad.

Si el imperialismo fuera un problema, habría que pensar en soluciones. Habría que pensar en cómo la idea de «competitividad» subordina a los países al capital, habría que buscar la forma de crear coaliciones sur-sur, habría que evaluar la posibilidad de deshacer los compromisos asumidos que nos atan a un sistema que beneficia a otros, y de no asumir nuevos. Habría que pensar en qué medida la integración regional podría ayudar a superar los límites que impone el tamaño de nuestra economía (lo que implicaría revisar por qué viene fracasando), en la posibilidad de acciones políticas (y sindicales) transnacionales que permitieran enfrentar al capital y a las potencias en escalas que superen la nacional, o en la posibilidad de firmar tratados en los que los países se comprometan a no hacer «dumping» social o impositivo en la competencia. O quizá saquemos la conclusión de que el Estado contemporáneo está tan atado al capitalismo global que hay que darlo por perdido y pasar a otro tipo de estrategias de resistencia y construcción. O que, al contrario, es posible recuperar la soberanía, ya que si el régimen capitalista global fue en buena medida creado por los estados, son estos los que tienen que deshacerlo, como dicen los investigadores canadienses Leo Panitch y Sam Gindin. En todo caso, son discusiones que es necesario tener.

Necesitamos entender que nuestras «estrategias de desarrollo», que no piensan políticamente los problemas y toman al capital sólo como un factor de producción y a las potencias sólo como mercados a acceder, son activamente contraproducentes para resolver estos problemas, y que sus soluciones «pragmáticas» hipotecan el futuro de nuestra economía, nuestra democracia y nuestro medioambiente. Si los anti-antiimperialistas dicen que echarle la culpa de todo al imperio es no hacerse cargo, habría que preguntarles a ellos en qué medida se están haciendo cargo de los problemas aquí planteados.

Para dar esta discusión existe una abundante literatura, producida en buena medida en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo (hablando de imperialismo, ubicadas mayormente en el norte). Aquí mencionamos algunos de sus autores: Philip Mirowsky, David Harvey, Leo Panitch, Sam Gindin y Beatriz Stolowicz tendrían que ser mucho más discutidos, junto con Michael Hardt, Antonio Negri, Giovanni Arrighi y otros.

Los aparentes cambios de orientación de Estados Unidos bajo el gobierno de Donald Trump, la crisis de las «economías emergentes» en Argentina y Turquía, el «apartheid» global que levanta muros entre las razas y los continentes, el ascenso de China, la conciliación de autoritarismos capitalistas en países como India o Brasil, la corrupción generalizada de las clases políticas (y de los empresarios que las corrompen), las revoluciones tecnológicas en manos de gigantes no especialmente benévolos como Google, Facebook y Bayer-Monsanto, y el desafío global de la crisis ambiental, nos presentan problemas urgentes, en los que el poder de las potencias capitalistas y del capital es ciertamente parte del problema y no de la solución.

Estos problemas tenemos que enfrentarlos con inteligencia y creatividad, mirando la información con la que contamos y consultando la historia, y no basándonos en dogmas ideológicos de hace 30 años (lo siento, centristas, ahora les toca a ustedes ponerse viejos) según los cuales el mundo avanza tranquilamente hacia una era de democracia de mercado o, si esta está en peligro, no es por la brutal desigualdad y la forma en que esta destruye la democracia, sino por malvados e irresponsables «populistas». La construcción de lo que enfrente esta situación está en pleno desarrollo, y cuanto antes dejemos de reproducir ideas que sirven a otros, antes vamos a poder pensar con nuestras propias cabezas.

Gabriel Delacoste es licenciado en Ciencia Política.

Enlace del artículo original en castellano:

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/9/por-que-a-la-centroizquierda-no-le-preocupa-el-imperialismo/

La cruz de los caminos.

La cruz de los caminos.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

El feriante de mi barrio me comenta como va a encarar el cambio y los costos que le significa el traslado del mercado del cual se abastece y reflexiona sobre porque hay gente que siendo muy rica siempre quiere más.

Me dice de su incógnita por saber que han llegado al Uruguay, cubanos y venezolanos con una excelente preparación, buscando hacer dinero, pensando que en esos países se vive peor que en el nuestro. Se lamenta no haber seguido estudiando cómo le decían sus familiares que lo hiciera, aunque dadas estas circunstancias se cuestiona que el trabajo decente y esforzado esté dando hoy satisfacciones a la gente.

Esteban Valenti culmina una de sus notas con esta frase: «No los puedo convocar a nada, no tengo la autoridad, ni la fuerza y posiblemente ni siquiera las ganas, solo puedo compartir mis naufragios y mi tristeza» (Uypress, columna del 30‑5‑2018).

¿Qué tienen que ver una cosa con la otra?: que me sirven para explicar algo de lo que hoy está pasando en el mundo y de cuál es mi visión sobre ello.

Hay países en el mundo, donde la crisis aún no se expresa, hoy el motor del capitalismo, su centro, está en China y en los países de su entorno. ¿Paradoja?: el centro del desarrollo actual del capitalismo «gobernado» por un poderoso Partido Comunista.

Lo hemos explicado con claridad (suponemos) de que todas las revoluciones han ensanchado la base social del capitalismo, no podía ser de otra manera, han aumentado la capacidad de los «consumidores», lo que fue el Reino Unido, como base central del capitalismo, pasó luego a EE.UU. y hoy está pasando rápidamente a China. Los límites económicos «capitalistas» posibles del planeta están ahí.

El feriante proyecta y acomoda su vida a las vicisitudes que el mercado le plantea todos los días, su horizonte es cumplir con una tarea que le permite vivir, y aún así siente que algo no está marchando bien.

Esteban, en la lucha de clases, siempre ha levantado modelos para confrontar con los existentes –particularmente en estos últimos tiempos en el plano nacional y nos confiesa su fracaso y nos acerca sus reflexiones al menos contradictorias, pero válidas.

En las ciencias sociales, a diferencia de las otras ciencias, siempre es más difícil comprender que hay reglas que respetar hasta tanto la humanidad no esté en condiciones de superarlas. No es como en la física que quién intenta un modelo diferente al que establece la vigencia de la ley de la gravedad está destinado al fracaso, por ejemplo, claro si ello se lo quiere aplicar a la lógica en que se desenvuelve la naturaleza.

En las ciencias sociales tal vez cuesta entender que es el propio sistema económico predominante que en su necesidad de competencia estimula la existencia de modelos confrontativos, de corta vida (algunos han durado 70 años) y destinados al fracaso. Así intenta justificar su vigencia y su «atemporalidad».

Salir de esta lógica no es sencillo, más cuando en la izquierda ha predominado la que impuso la derrota de Lenin en 1924, derrota que la derecha por la propia dinámica de su pensamiento trató de utilizar para arrastrar a la condena a todo el trabajo ideológico de Marx y Engels.

Sin embargo la crisis y sus naufragios, hace que con más fuerza que nunca emerjan todas aquellas enseñanzas que sobre la sociedad y su desarrollo aún no han sido superadas.

Algunos ejemplos sencillos: los seres vivos, nacen, se desarrollan y mueren, los modo de producción también nacen, se desarrollan y mueren, aunque su dinámica tiene reglas propias, como por ejemplo de que ningún modo de producción abandona el escenario de la historia sin agotar todas sus posibilidades y que su superación no se produce por el choque de modelos sino que en el propio proceso de agotamiento y agostamiento surgen medidas que al tomarse señalan el nacimiento de un nuevo modo de producción superior.

En la izquierda predomina aún el estatismo que introdujo la derrota de Lenin en 1924 –siempre aclaramos que en casos puntuales y coyunturales el estatizar puede ser el único camino para preservar el aparato productivo, que fue lo que hizo la revolución rusa– y hasta ahora ha predominado la incapacidad para visualizar medidas universales que permitan entrar en la transición, como la moneda única y universal y un sistema impositivo basado en la circulación del dinero, dando muerte a los paraísos fiscales y a los sistemas impositivos basados en el consumo, el salario y las pensiones. De la rentabilidad como motor de capitalismo y de todo su sistema empresarial, a la rentabilidad en beneficio de la sociedad toda, administrada y controlada por los organismos que esta determine. Dar a la democracia el marco universal sobre las organizaciones existentes que hoy no tiene. Dar al trabajo su valor de beneficio para la sociedad y no para la rentabilidad de los capitales, que hace que hoy su crisis, su escasez afecte duramente a la composición orgánica del tejido social. El llamado fenómeno de la violencia en todas sus formas.

¿Serán las Naciones Unidas, será el Banco Mundial, será el Fondo Monetario Internacional?, no lo sé en concreto, si sé que deberán crearse instrumentos organizativos que permitan que lo mejor de la humanidad pese y decida en la organización democrática del desarrollo futuro.

Hoy la guerra que se extiende destruye pueblos y acorta los plazos de la convivencia, ¿qué puede hacer el mundo organizado para detenerla y proyectar una acción de reconstrucción humana en todo el planeta? Pues precisamente levantar de inmediato el programa de moneda única universal, y la provisión de recursos presupuestales para esta tarea a partir de los impuestos basados pura y exclusivamente sobre la circulación del dinero.

Cuando esto escribo sucede lo de España, cae Rajoy, líder –sin proponérselo– de la derecha que hace punta universal contra el gobierno de Maduro en Venezuela, victima –otra más, ahora en la derecha– de la corrupción o de lo que ella impone en las relaciones sociales actuales en que prevalecen los paraísos fiscales y los estudios jurídicos y contables encargados de la circulación «legal» del llamado dinero «sucio» del capitalismo real.

¿Podrá Pedro Sánchez emerger del descreimiento general y liderar una transformación que el mundo necesita y de la cual España solo es una parte? ¿Podremos ayudarlo a pensar con cabeza universal, cuando hoy lo que abundan son las estrecheces de las miradas regionales y de comarca? Somos de los que pensamos en que es posible y tratamos de ayudar a que lo sea, por aquello de: España bendita tierra, que nos tiene atragantados desde la derrota de la República.

Escrita esta nota Esteban Valenti recuerda en un nuevo análisis en Uypress estas dos frases de Carlos Marx, que bien valen para ejemplificar lo que analizamos:

«Si la burguesía «mantiene la injusticia en las relaciones de propiedad» políticamente, es decir, por medio del poder del Estado, no quiere decir que la cree. «La injusticia en las relaciones de propiedad» condicionada por la moderna división del trabajo, por la forma moderna del cambio, por la competencia, la concentración, etc. no brota ni mucho menos del poder político de la clase burguesa, sino que, por el contrario, es el poder político de clase burguesa el que brota de estas modernas relaciones de producción, que los economistas burgueses proclaman como leyes necesarias y eternas».

Y agrega «Por tanto, si el proletariado derroca el poder político de la burguesía, su victoria no pasaría de ser pasajera, sería solamente un cambio al servicio de la misma revolución burguesa, como lo fue en el año 1794, mientras la historia misma, en su desarrollo, en su «movimiento», no se encargue de crear las condiciones materiales que hagan necesaria la abolición del modo de producción burgués y, por tanto y a la par con ello, el derrocamiento definitivo del poder político de la burguesía». Lo escribió en 1847…

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 30 de mayo de 2018.