A propósito del imperialismo y de los imperialismos, por Manuel Laguarda.

A propósito del imperialismo y de los imperialismos.

Jueves, 6 de septiembre de 2018 | Escribe: Manuel Laguarda en Dínamo.

La noción de imperialismo: vigencia y debates.

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como «antiimperialistas». ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.


La definición antiimperialista es parte de la identidad de la izquierda. Esto es así porque la categoría imperialismo sigue siendo válida para comprender muchos de los dramas e injusticias del mundo contemporáneo, así como algunas de las restricciones que pesan para limitar la capacidad de construir democráticamente el futuro por parte de la comunidad nacional o de la región latinoamericana.

En América Latina la referencia al imperialismo y al antiimperialismo apunta indiscutiblemente a Estados Unidos, la potencia hegemónica en la región desde que sustituyó en ese lugar a Gran Bretaña, por lo menos después de la Segunda Guerra Mundial. Y las tropelías y agresiones imperialistas jalonan la historia de nuestra región hasta el presente.

¿El imperialismo es uno solo? Si la respuesta es afirmativa, ¿se trata del imperialismo norteamericano o del imperialismo global? ¿O, por el contrario, son varios los imperialismos, y en ese caso igual se podría hablar de un imperialismo global que los abarca o enmarca?

El término «imperialismo» puede emplearse por lo menos con dos acepciones. En un sentido muy amplio, aplicable a cualquier época histórica o contexto, se utiliza como hegemonismo o dominación de un poder internacional sobre otro, al cual condiciona o limita. En un sentido más restringido, como lo teorizaron Hobson, Lenin, Hilferding y Luxemburgo hace más de un siglo, el imperialismo es una etapa de desarrollo y expansión del capitalismo, el cual para sobrevivir necesita de la expansión permanente.

Dentro de la teoría marxista, otros aportes deben ser tenidos en cuenta. Robert Cox (1983) ha aplicado los conceptos gramscianos de hegemonía a las relaciones internacionales para explicar el actual fenómeno del imperialismo. David Harvey, en «El nuevo imperialismo» (2003), retoma los desarrollos de Rosa Luxemburgo para plantear lo que él llama «solución espacial», la cual, junto con la acumulación por desposesión (privatizaciones, reestructuraciones de las sociedades, guerras y reconstrucciones posteriores), marca la expansión y la dinámica mundial del imperialismo, que no se limita así a actuar subordinando a las clásicas periferias.

Leo Panitch (2004) critica a la teoría marxista clásica del imperialismo por haber sobrestimado lo económico y subestimar lo político. La globalización ha disuelto la coherencia de las burguesías nacionales y ha creado una clase dominante transnacional. En esta última perspectiva podría hablarse del imperialismo en singular, si nos ubicamos a nivel del modo de producción capitalista en su conjunto actuando a escala mundial, y también podría hablarse de múltiples imperialismos y de la competencia y lucha entre ellos como rasgo justamente de la época que define al fenómeno imperialista.

Hay autores que plantean que a partir de la tercera revolución industrial y del fuerte empuje de la globalización de los 80 y 90, el capitalismo habría entrado en una tercera fase, o una segunda fase del imperialismo. Es lo que describimos como hegemonía del capital financiero transnacional, cuyo resultado es la crisis civilizatoria actual que abarca a todo el planeta.

Asumir la globalización del capitalismo como fenómeno incuestionable –por encima de países y de fronteras– no nos lleva al extremo de negar el papel de los centros de poder nacionales que se disputan la hegemonía mundial y que dan lugar a una suerte de lucha interimperialista, que recuerda a la que precedió a la Primera Guerra Mundial. Y ahí entran en juego –por lo menos– los imperialismos de Estados Unidos, de Rusia y de China.

En el mundo unipolar de la década de los 90 era indiscutible la hegemonía del imperialismo de Estados Unidos, contestada en el multipolarismo de los años más recientes. Hoy asistimos a procesos de reestructuración del capitalismo que podrían llevar a una rehegemonizacion de Estados Unidos. Pero pueden darse contradicciones a múltiples niveles, entre las potencias imperialistas y, a su vez, entre ellas o cada una de ellas y el capital transnacional. Por ejemplo, algunas de las líneas que representa Trump y que le permitieron triunfar van en esa última dirección.

¿Cómo nos paramos ante esa realidad? Afirmando la soberanía nacional, buscando la integración regional, apostando al multipolarismo y al derecho internacional, enfrentando y denunciando a todos los imperialismos. Un mundo equilibrado, con múltiples centros de poder, es preferible a un mundo unipolar, cualquiera sea el polo.

Pero nuestra perspectiva es más radical que la de, por ejemplo, el Foro de San Pablo (FSP), que plantea el dilema como una oposición entre Estados Unidos y los BRICS (Rusia o China). El capitalismo global es una totalidad. El camino no pasa por sustituir a Estados Unidos por Rusia o China. La opción es socialismo o barbarie, y hay que plantearse una gobernanza mundial democrática: globalizar la democracia para que ella prime sobre los mercados.

Visiones como las del FSP niegan la realidad de que Rusia y China son potencias capitalistas e imperialistas, tanto se entienda al imperialismo en la clásica acepción marxista, o como la necesidad del capitalismo, que ha llegado a cierto nivel de desarrollo de expansión y actuación a una escala mayor, entendida como dominación y hegemonismo.

En el caso de la ex Unión Soviética, sus específicas contradicciones trabaron en su momento el tránsito al socialismo y hoy Rusia asume un desarrollo abiertamente capitalista, con fuerte peso del Estado y rasgos autoritarios y mafiosos. En su pretensión de hegemonizar Eurasia, el gobierno de Putin desarrolla una política imperialista en esa parte del mundo en continuidad con los intereses y metas geopolíticas de la época zarista y comunista. Y financia y sostiene a la extrema derecha europea, además de cruzar elogios con Trump, exaltar los valores más tradicionales y conservadores de la iglesia ortodoxa y la Santa Rusia y apoyarse en ideólogos neofascistas como Alexander Duguin.

Y China es socialista sólo de nombre. Es una formación económico-social sui géneris sin democracia, con sindicatos controlados por el Estado: el paraíso ideal de los capitalistas. Es el lugar donde se extrae la mayor plusvalía de los trabajadores en el mundo. Y sus grandes empresas, que campean por el mundo –China es el paradigma exitoso de la globalización–, son asociaciones entre el Estado (o sea, el Partido Comunista) y la burguesía china (muchos de sus miembros integran dicho partido), con participación de las multinacionales en algunos casos.

Todo lo anterior no implica negar u olvidar todos los crímenes del imperialismo occidental, ni exculpar a Estados Unidos de sus antecedentes.

En el caso de los BRICS, no son una alianza estructurada o estable. Tienen potencialidades, tienen proyectos (como fondos de financiamiento y bancos comunes), tienen contradicciones e intereses contrapuestos entre ellos mismos. Pero la sola presencia de Rusia y China en el mundo actual es positiva, porque equilibra el mundo en el sentido del multilateralismo y contrabalancea el poder de Estados Unidos.

Una real perspectiva antiimperialista pasa por denunciar a todos los imperialismos y por defender y promover la paz, el diálogo, la democracia y el derecho internacional.

Manuel Laguarda integra el Comité Ejecutivo del Partido Socialista.

Enlace del artículo original en castellano:

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/9/a-proposito-del-imperialismo-y-de-los-imperialismos/

¿Por qué a la centroizquierda no le preocupa el imperialismo?, por Gabriel Delacoste.

La noción de imperialismo: vigencia y debates.

Lunes, 3 de septiembre de 2018 | Escribe: Gabriel Delacoste en Dínamo

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como «antiimperialistas». ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.


¿Por qué a la centroizquierda no le preocupa el imperialismo?

La palabra «imperialismo» no suele generar reacciones muy fuertes, aunque sí muy predecibles. En el mejor de los casos, es ignorada como un saludo a la bandera, y las más de las veces es recibida como una muestra de ingenuidad, de vejez o de dogmatismo. Se asume que el uso de esa palabra es solamente una muestra de adhesión tribal. Decir «competitividad» es científico, riguroso, responsable; decir «imperialismo» es ideológico, sesentista, panfletario.

Esta observación puede sonar increíble para los que sostienen que existe una hegemonía cultural de izquierda, pero lo cierto es que en las discusiones sobre el imperialismo, tanto en la izquierda como en las ciencias sociales, en la medida en que las hay, se suelen escuchar frases que parecen citas textuales del «manual del perfecto idiota latinoamericano». La globalización y el capitalismo son tomados como dados para, por lo menos, la mayoría de la centroizquierda.

En esta columna quisiera proponer la idea de que la izquierda, y de hecho también los diferentes «centros» (liberales y progresistas, y los que se dicen socialdemócratas), deberían dudar de la ridiculización noventosa de palabras (y conceptos) como «imperialismo» y empezar a plantearse seriamente preguntas sobre el rol de las potencias y del capital transnacional en la región como problema político de primer orden.

Si uno se pone a pensar, es verdaderamente insólito que estas discusiones ya no ocurran, después de las guerras de Irak, Libia y Siria, después de los drones del ex presidente estadounidense Barack Obama, después de que la «troika» aplastó a Grecia como a una cucaracha por intentar moderar el ajuste, después de que se destapó que el gobierno de Estados Unidos tiene acceso a todas las comunicaciones de todas las personas del mundo por intermedio de las multinacionales estadounidenses de la información. Más aun si pensamos en la forma en que las potencias y las multinacionales exigen tratados de libre comercio y de inversiones en los que las controversias se definen en tribunales fuera de la soberanía de los países y que imponen reglas de propiedad intelectual que solidifican las brechas tecnológicas. O si tenemos en cuenta que las grandes empresas se hacen crear zonas francas alrededor de sus perímetros y exigen que el Estado cree legislación e infraestructuras «ad hoc» para recibirlas. O si nos preocupa mínimamente la destrucción medioambiental a escala mundial, consecuencia, en buena medida, de la industria petrolera (a la que corremos el riesgo de subordinarnos si tienen éxito las prospecciones en nuestro territorio) y los ejércitos que la apoyan.

También si estudiamos la formación de las tecnocracias, la circulación de los intelectuales, el financiamiento de los «think-tanks» por parte de las potencias. Y también el ascenso de las ultraderechas, así como las redes transnacionales que lo sustentan, que tienen como centro a Estados Unidos. Basta pensar en las iglesias llamadas neopentecostales o en redes como la Red Atlas. El dominio de las potencias sobre la ciencia, la tecnología y la cultura de masas y las redes sociales es un fenómeno muy real, y basta detenerse a pensar unos minutos para darse cuenta de la gravedad que esto puede tener si se desea hacer cosas que no estén siempre alineadas con las potencias y el capital transnacional.

Sobre todo si tenemos en cuenta las intensas y permanentes intervenciones de Estados Unidos en esta región, abiertamente y en secreto (comprobadas cada vez que se desclasifican documentos), económica y políticamente, con presiones y con violencia, pero siempre a favor de los intereses de las clases dominantes, de la apertura de la economía y contra la izquierda, apoyando dictaduras cuando le son útiles y a la democracia cuando ya no, o cuando le sirve de excusa para intervenir.

Esto que estoy diciendo fue dicho miles de veces, y seguramente, si algún centrista sigue leyendo, a esta altura ya está perdiendo la paciencia con este desfile de obviedades. Pero si es tan obvio, ¿por qué la discusión sobre estos asuntos sigue recibiendo impaciencia y ridículo? Que estas reacciones provengan de la derecha es comprensible, pero no debería serlo que lleguen desde los que no están lejos de ser compañeros de la izquierda y que quizá alguna vez aspirarían a cobrarles algún impuesto a las grandes inversiones, a lograr algún grado de desarrollo tecnológico o a tener algún grado de autonomía política. Es decir, incluso un programa democrático y desarrollista de mínima debería preocuparse un poco más por la cuestión imperial, como bien lo hicieron muchos desarrollistas y los dependentistas (permítaseme decirlo) de los años 60, sobre quienes cayeron, primero, la censura y la represión, y luego, la ridiculización por parte de libros como el «perfecto idiota» y sus repetidores (no es un dato menor el hecho de que Mario Vargas Llosa, prologuista de ese libro, forme parte de la Sociedad de Mont Pelerin, principal agrupamiento del neoliberalismo global, estudiado por el historiador de las ideas estadounidense Philip Mirowsky).

Remarco que se trata de una ridiculización y de ataques, y no de argumentaciones. A veces pareciera que decir «te quedaste en los 60» fuera suficiente para cerrar una discusión sin tomarse el trabajo ni de pensar si efectivamente quien menciona al imperialismo está pensando como algún autor de los 60, ni de cuestionarse si no habrá algunas cosas que ocurrían en los 60 (o en los 50, o en el siglo XIX) que siguen ocurriendo.

Este tipo de no-discusiones tiene un claro aire de época. Emana de un sentido común que se formó entre los 80 y los 90, acompañando el triunfo de Estados Unidos (y del capital) en la Guerra Fría. En esos años, se desplegó una narración liberal-conservadora, liderada por autores como Samuel Huntington (que por cierto, trabajó para el National Security Council de Estados Unidos), según la cual lo que había ocurrido era una «ola de democratización», al mismo tiempo que desplegó otra narración, neoliberal, según la cual estaba sucediendo un proceso de globalización que no sólo era positivo, sino que además era inevitable.

Claro que mientras sucedía esto las izquierdas eran derrotadas en toda regla, en buena medida por sus propios errores, pero también por acertadas estrategias capitalistas e imperiales. Se recuerda mucho la caída del muro de Berlín, especialmente entre quienes después se convertirían en arrepentidos profesionales, pero no tanto que, más o menos en los mismos años, se estaban quebrando también la socialdemocracia europea (piénsese en la «vuelta en U» de François Mitterrand en Francia, en los pactos de Felipe González con la «casta» en España, en la «tercera vía» de Tony Blair en Inglaterra) y el Movimiento de los No Alineados (en manos de la «crisis de la deuda», comandada por actores imperiales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial). Mientras tanto, aquí operaban para la transición democrático-neoliberal «centristas» como Julio María Sanguinetti y Enrique Iglesias, asiduos participantes del Diálogo Interamericano, gran espacio de intercambio entre élites latinoamericanas y estadounidenses, documentado ampliamente por la investigadora uruguayo-mexicana Beatriz Stolowicz.

El neoliberalismo se hizo entonces tan hegemónico que buena parte de los que hasta entonces fueron de izquierda (ex comunistas, ex socialdemócratas, ex desarrollistas) adoptaron como propia, primero como concesiones pragmáticas y luego como convencimientos ideológicos, buena parte de los postulados neoliberales (recordemos que, como dice David Harvey, «neoliberalismo» es una forma de llamar a la ofensiva imperial-capitalista que se inicia en la década de 1970).

Cabría preguntarse si estos anti-antiimperialistas de centro niegan la existencia del imperialismo, o si sostienen que el imperialismo existió pero no existe más, o si existe pero no es relevante para analizar la política a nuestra escala, o si importa pero no puede ser derrotado. O, quizá, que muchos de los desarrollos que mencioné antes en realidad son positivos porque implican una mayor eficiencia y posibilidades de crecimiento económico. A veces, estas ideas se confunden, y sería bueno que se aclararan, para que esta discusión pudiera encararse con menos eslóganes y más seriedad.

Si el imperialismo fuera un problema, habría que pensar en soluciones. Habría que pensar en cómo la idea de «competitividad» subordina a los países al capital, habría que buscar la forma de crear coaliciones sur-sur, habría que evaluar la posibilidad de deshacer los compromisos asumidos que nos atan a un sistema que beneficia a otros, y de no asumir nuevos. Habría que pensar en qué medida la integración regional podría ayudar a superar los límites que impone el tamaño de nuestra economía (lo que implicaría revisar por qué viene fracasando), en la posibilidad de acciones políticas (y sindicales) transnacionales que permitieran enfrentar al capital y a las potencias en escalas que superen la nacional, o en la posibilidad de firmar tratados en los que los países se comprometan a no hacer «dumping» social o impositivo en la competencia. O quizá saquemos la conclusión de que el Estado contemporáneo está tan atado al capitalismo global que hay que darlo por perdido y pasar a otro tipo de estrategias de resistencia y construcción. O que, al contrario, es posible recuperar la soberanía, ya que si el régimen capitalista global fue en buena medida creado por los estados, son estos los que tienen que deshacerlo, como dicen los investigadores canadienses Leo Panitch y Sam Gindin. En todo caso, son discusiones que es necesario tener.

Necesitamos entender que nuestras «estrategias de desarrollo», que no piensan políticamente los problemas y toman al capital sólo como un factor de producción y a las potencias sólo como mercados a acceder, son activamente contraproducentes para resolver estos problemas, y que sus soluciones «pragmáticas» hipotecan el futuro de nuestra economía, nuestra democracia y nuestro medioambiente. Si los anti-antiimperialistas dicen que echarle la culpa de todo al imperio es no hacerse cargo, habría que preguntarles a ellos en qué medida se están haciendo cargo de los problemas aquí planteados.

Para dar esta discusión existe una abundante literatura, producida en buena medida en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo (hablando de imperialismo, ubicadas mayormente en el norte). Aquí mencionamos algunos de sus autores: Philip Mirowsky, David Harvey, Leo Panitch, Sam Gindin y Beatriz Stolowicz tendrían que ser mucho más discutidos, junto con Michael Hardt, Antonio Negri, Giovanni Arrighi y otros.

Los aparentes cambios de orientación de Estados Unidos bajo el gobierno de Donald Trump, la crisis de las «economías emergentes» en Argentina y Turquía, el «apartheid» global que levanta muros entre las razas y los continentes, el ascenso de China, la conciliación de autoritarismos capitalistas en países como India o Brasil, la corrupción generalizada de las clases políticas (y de los empresarios que las corrompen), las revoluciones tecnológicas en manos de gigantes no especialmente benévolos como Google, Facebook y Bayer-Monsanto, y el desafío global de la crisis ambiental, nos presentan problemas urgentes, en los que el poder de las potencias capitalistas y del capital es ciertamente parte del problema y no de la solución.

Estos problemas tenemos que enfrentarlos con inteligencia y creatividad, mirando la información con la que contamos y consultando la historia, y no basándonos en dogmas ideológicos de hace 30 años (lo siento, centristas, ahora les toca a ustedes ponerse viejos) según los cuales el mundo avanza tranquilamente hacia una era de democracia de mercado o, si esta está en peligro, no es por la brutal desigualdad y la forma en que esta destruye la democracia, sino por malvados e irresponsables «populistas». La construcción de lo que enfrente esta situación está en pleno desarrollo, y cuanto antes dejemos de reproducir ideas que sirven a otros, antes vamos a poder pensar con nuestras propias cabezas.

Gabriel Delacoste es licenciado en Ciencia Política.

Enlace del artículo original en castellano:

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/9/por-que-a-la-centroizquierda-no-le-preocupa-el-imperialismo/

La cruz de los caminos.

La cruz de los caminos.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

El feriante de mi barrio me comenta como va a encarar el cambio y los costos que le significa el traslado del mercado del cual se abastece y reflexiona sobre porque hay gente que siendo muy rica siempre quiere más.

Me dice de su incógnita por saber que han llegado al Uruguay, cubanos y venezolanos con una excelente preparación, buscando hacer dinero, pensando que en esos países se vive peor que en el nuestro. Se lamenta no haber seguido estudiando cómo le decían sus familiares que lo hiciera, aunque dadas estas circunstancias se cuestiona que el trabajo decente y esforzado esté dando hoy satisfacciones a la gente.

Esteban Valenti culmina una de sus notas con esta frase: «No los puedo convocar a nada, no tengo la autoridad, ni la fuerza y posiblemente ni siquiera las ganas, solo puedo compartir mis naufragios y mi tristeza» (Uypress, columna del 30‑5‑2018).

¿Qué tienen que ver una cosa con la otra?: que me sirven para explicar algo de lo que hoy está pasando en el mundo y de cuál es mi visión sobre ello.

Hay países en el mundo, donde la crisis aún no se expresa, hoy el motor del capitalismo, su centro, está en China y en los países de su entorno. ¿Paradoja?: el centro del desarrollo actual del capitalismo «gobernado» por un poderoso Partido Comunista.

Lo hemos explicado con claridad (suponemos) de que todas las revoluciones han ensanchado la base social del capitalismo, no podía ser de otra manera, han aumentado la capacidad de los «consumidores», lo que fue el Reino Unido, como base central del capitalismo, pasó luego a EE.UU. y hoy está pasando rápidamente a China. Los límites económicos «capitalistas» posibles del planeta están ahí.

El feriante proyecta y acomoda su vida a las vicisitudes que el mercado le plantea todos los días, su horizonte es cumplir con una tarea que le permite vivir, y aún así siente que algo no está marchando bien.

Esteban, en la lucha de clases, siempre ha levantado modelos para confrontar con los existentes –particularmente en estos últimos tiempos en el plano nacional y nos confiesa su fracaso y nos acerca sus reflexiones al menos contradictorias, pero válidas.

En las ciencias sociales, a diferencia de las otras ciencias, siempre es más difícil comprender que hay reglas que respetar hasta tanto la humanidad no esté en condiciones de superarlas. No es como en la física que quién intenta un modelo diferente al que establece la vigencia de la ley de la gravedad está destinado al fracaso, por ejemplo, claro si ello se lo quiere aplicar a la lógica en que se desenvuelve la naturaleza.

En las ciencias sociales tal vez cuesta entender que es el propio sistema económico predominante que en su necesidad de competencia estimula la existencia de modelos confrontativos, de corta vida (algunos han durado 70 años) y destinados al fracaso. Así intenta justificar su vigencia y su «atemporalidad».

Salir de esta lógica no es sencillo, más cuando en la izquierda ha predominado la que impuso la derrota de Lenin en 1924, derrota que la derecha por la propia dinámica de su pensamiento trató de utilizar para arrastrar a la condena a todo el trabajo ideológico de Marx y Engels.

Sin embargo la crisis y sus naufragios, hace que con más fuerza que nunca emerjan todas aquellas enseñanzas que sobre la sociedad y su desarrollo aún no han sido superadas.

Algunos ejemplos sencillos: los seres vivos, nacen, se desarrollan y mueren, los modo de producción también nacen, se desarrollan y mueren, aunque su dinámica tiene reglas propias, como por ejemplo de que ningún modo de producción abandona el escenario de la historia sin agotar todas sus posibilidades y que su superación no se produce por el choque de modelos sino que en el propio proceso de agotamiento y agostamiento surgen medidas que al tomarse señalan el nacimiento de un nuevo modo de producción superior.

En la izquierda predomina aún el estatismo que introdujo la derrota de Lenin en 1924 –siempre aclaramos que en casos puntuales y coyunturales el estatizar puede ser el único camino para preservar el aparato productivo, que fue lo que hizo la revolución rusa– y hasta ahora ha predominado la incapacidad para visualizar medidas universales que permitan entrar en la transición, como la moneda única y universal y un sistema impositivo basado en la circulación del dinero, dando muerte a los paraísos fiscales y a los sistemas impositivos basados en el consumo, el salario y las pensiones. De la rentabilidad como motor de capitalismo y de todo su sistema empresarial, a la rentabilidad en beneficio de la sociedad toda, administrada y controlada por los organismos que esta determine. Dar a la democracia el marco universal sobre las organizaciones existentes que hoy no tiene. Dar al trabajo su valor de beneficio para la sociedad y no para la rentabilidad de los capitales, que hace que hoy su crisis, su escasez afecte duramente a la composición orgánica del tejido social. El llamado fenómeno de la violencia en todas sus formas.

¿Serán las Naciones Unidas, será el Banco Mundial, será el Fondo Monetario Internacional?, no lo sé en concreto, si sé que deberán crearse instrumentos organizativos que permitan que lo mejor de la humanidad pese y decida en la organización democrática del desarrollo futuro.

Hoy la guerra que se extiende destruye pueblos y acorta los plazos de la convivencia, ¿qué puede hacer el mundo organizado para detenerla y proyectar una acción de reconstrucción humana en todo el planeta? Pues precisamente levantar de inmediato el programa de moneda única universal, y la provisión de recursos presupuestales para esta tarea a partir de los impuestos basados pura y exclusivamente sobre la circulación del dinero.

Cuando esto escribo sucede lo de España, cae Rajoy, líder –sin proponérselo– de la derecha que hace punta universal contra el gobierno de Maduro en Venezuela, victima –otra más, ahora en la derecha– de la corrupción o de lo que ella impone en las relaciones sociales actuales en que prevalecen los paraísos fiscales y los estudios jurídicos y contables encargados de la circulación «legal» del llamado dinero «sucio» del capitalismo real.

¿Podrá Pedro Sánchez emerger del descreimiento general y liderar una transformación que el mundo necesita y de la cual España solo es una parte? ¿Podremos ayudarlo a pensar con cabeza universal, cuando hoy lo que abundan son las estrecheces de las miradas regionales y de comarca? Somos de los que pensamos en que es posible y tratamos de ayudar a que lo sea, por aquello de: España bendita tierra, que nos tiene atragantados desde la derrota de la República.

Escrita esta nota Esteban Valenti recuerda en un nuevo análisis en Uypress estas dos frases de Carlos Marx, que bien valen para ejemplificar lo que analizamos:

«Si la burguesía «mantiene la injusticia en las relaciones de propiedad» políticamente, es decir, por medio del poder del Estado, no quiere decir que la cree. «La injusticia en las relaciones de propiedad» condicionada por la moderna división del trabajo, por la forma moderna del cambio, por la competencia, la concentración, etc. no brota ni mucho menos del poder político de la clase burguesa, sino que, por el contrario, es el poder político de clase burguesa el que brota de estas modernas relaciones de producción, que los economistas burgueses proclaman como leyes necesarias y eternas».

Y agrega «Por tanto, si el proletariado derroca el poder político de la burguesía, su victoria no pasaría de ser pasajera, sería solamente un cambio al servicio de la misma revolución burguesa, como lo fue en el año 1794, mientras la historia misma, en su desarrollo, en su «movimiento», no se encargue de crear las condiciones materiales que hagan necesaria la abolición del modo de producción burgués y, por tanto y a la par con ello, el derrocamiento definitivo del poder político de la burguesía». Lo escribió en 1847…

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 30 de mayo de 2018.