Con el Doctor Henry Engler.

Con el Doctor Henry Engler.

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Con el coterráneo Henry Engler (ambos nacimos en Paysandú), fuimos contemporáneos en los tiempos de CUDES (Centro Único de Estudiantes Sanduceros), y más particularmente con Walter, su hermano mayor: el Chody, también como Henry recibido de médico en Suecia, lamentablemente ya fallecido. Eran épocas de efervescencia ideológica particularmente por la influencia de Cuba revolucionaria. En la Paysandú industrial eso se vivía intensamente.

No nos hemos vuelto a encontrar personalmente, pero sí por este medio tecnológico fantástico que es el mundo actual de las comunicaciones.

Henry es actualmente por merecimientos propios una personalidad mundial en el mundo de la medicina, particularmente en la técnica de los positrones (creo no equivocarme), y tal vez por ello cobran mayor importancia sus opiniones en el plano político. Sobre ellas es que quiero abrir el debate porque las considero honestamente equivocadas.

Dice Henry:

«Carta de Henry Engler para Raúl «Bebe» Sendic que fue leída en la plaza el 28 de abril.

Querido hermano Raúl:

Te hago unas líneas con motivo de este recordatorio de tu partida hacia nuevos universos.

Aquí las cosas están, algunas bien y otras muy mal.

Acontecimientos recientes me han llevado a pensar en cuántas cosas raras nos han metido en la cabeza desde siglos y en las consecuencias que esto tiene para todos.

Empiezo con el concepto de «Patria». De niños en la escuela, nos ponían en fila y nos hacían marchar cantando una canción que decía:… «Es muy bella mi bandera, nada iguala su lucir y es su sombra la que buscan los valientes al morir» y después: «no ambiciono otra fortuna ni reclamo más honor que morir por mi bandera, la bandera bicolor». Es decir: hay que morir por la patria, que es la bandera. O está representada por la bandera. Crecimos con la idea de ser valientes y morir por la bandera. Y me he estado preguntando sobre estas cosas.

En la guerra civil española alguien escribió una canción que dice: «Dicen que la patria es un fusil y una bandera. La patria son mis hermanos que están labrando la tierra».

Esto lo escuchamos no de niños, sino de jóvenes. Cuando empezamos a dudar de lo que nos habían enseñado. Y empecé a recabar información sobre el origen de nuestra patria. Encontré que en los orígenes, un señor llamado Lavalleja (hay un departamento que lleva su nombre) le dio instrucciones a otro señor llamado Fructuoso Rivera (hay un departamento que lleva su nombre) de solucionar definitivamente el problema de los Charrúas. Mientras esos indios brutos que lo único que habían hecho bien era haber peleado con Artigas siguieran existiendo, no se podía construir una patria. Entonces el militar Don Fructuoso junto con el militar Bernabé Rivera se dedicaron a perpetrar el primer genocidio. El genocidio contra los Charrúas. Les mintieron a los indios que creyeron en ellos y les tendieron una trampa. Arrancaron en Salsipuedes y después los persiguieron por todo el territorio. Y abrieron el camino hacia la patria moderna. Patria que hoy sigue siendo para algunos, el cuartel y una bandera. Se nos ocultó el genocidio en las escuelas, porque: ¿qué importancia tenía? Eran indios. Y además con todas las calles que se llaman Rivera y Lavalleja no eran tan importantes estos hechos.

Heredamos un ejército inspirado en militares como estos. Que jamás va a reconocer que cometieron un genocidio entonces y que no reconocen tampoco el genocidio reciente que perpetraron contra gente que como los charrúas no pensaba como ellos. Genocidio contra la llamada izquierda. ¿Que importan 174 jóvenes que piensan diferente? ¿Y qué importa que la mayoría no hacía resistencia armada?

Bueno, nos enteramos recientemente que los genocidios contra quienes piensan diferente no comprometen el honor del ejército. Pero si un oficial por cobardía no defiende a otro oficial, toda la organización se sacude. Todo el sistema patriarcal está en peligro. Mentir y cubrirse es honrar a la patria. Esta manera de pensar es tan aberrante como la manera de pensar del patriarca Rivera que de paso quería matar a Artigas porque el tupamaro se comportaba como un indio charrúa. Esta mentalidad ha quedado metida, atornillada en la mentalidad de la mayoría de los oficiales del ejército.

El ejército es una organización vertical de oficiales, clases y tropa. Señores patriarcales oficiales, los intermediarios y sus esclavos. Los pobres de verdad que componen la tropa, no pueden ni deben decir absolutamente nada. No pueden opinar. Sólo deben obedecer. En los cuarteles se decía: la primera regla es que el comandante siempre tiene razón. La segunda regla es que, si el comandante se equivoca, rige la primera regla. ¿Qué tiene que ver esto con ideas de democracia? Singularmente, en este espanto, no participan ni han participado mujeres. Esto es patriarcado puro. En todas estas barbaridades: ¿Cuántas mujeres se cuentan? Y me dirán: pero es democracia, porque en Brasil, en elecciones democráticas, ganó el militar Bolsonaro, que conmemora el golpe del 64 y defiende desapariciones, torturas, violaciones ocurridas en la dictadura y detesta a los homosexuales. Antes de las elecciones un juez encarcela a Lula, su opositor. Después que Bolsonaro gana, nombra a ese juez de ministro de justicia.

¡Qué farsa! Viva la justicia, viva la democracia. Viva la patria.

Bueno, tenemos que reconocer que esta democracia viene heredada de los patriarcas. Está hecha a su medida y manera. Pero nosotros debemos tener en cuenta que una democracia que no respeta los derechos humanos, no es democracia: es una farsa. Tenemos que ser conscientes de que no se puede plebiscitar si se va a juzgar o no a criminales de guerra. Es también una farsa.

A Hitler lo eligieron democráticamente. Aunque era un racista declarado desde el comienzo. Si hubiesen hecho un plebiscito en Alemania después de la guerra, en esa democracia entre comillas, seguramente hubiesen votado no juzgar a los heroicos militares que hicieron desaparecer en el humo 6 millones de judíos.

El respeto por los derechos de los seres humanos en este planeta es el principio y el fin de una verdadera democracia. El gobierno del pueblo es para el pueblo. No es para el cuartel ni la bandera. El pueblo no puede permitir estas violaciones flagrantes a los derechos humanos ni tampoco se beneficia con la existencia de los ejércitos. Porque el fin del ejército no ha sido proteger a los ciudadanos, sino las guerras, los exterminios. Y me dirán: pero han ayudado en las inundaciones. O en los incendios. Y yo pregunto: ¿necesitamos un ejército con oficiales y con esclavos para eso?

¿No podemos encontrar medios más baratos y menos peligrosos para movilizarnos cuando hay catástrofes naturales?

Creo que es hora de pasar el ejército a retiro y no confiar en las democracias donde los derechos humanos rigen solo para los que deciden.

¿Para qué queremos un ejército?

Considero que no reconocen sus hechos de guerra, son unos miserables cobardes. Y los que los protegen igual. No son valientes, no tienen honor. Esto no tiene vuelta. Como sé bien que piensas como yo en este punto, lo comento aquí para todos.

Para no aburrir a nuestros compañeros del alma, no te cuento aquí sobre el drama de la contaminación. Que es otro tremendo capítulo. Espero contarte cosas positivas en la próxima. Pero ya lo positivo es que estemos juntos para analizar cosas y hallar soluciones.

Te mando un entrañable abrazo de universo a universo.

Henry».

Mi reflexión:

En mi vida he tenido el privilegio de «matear» e intercambiar opiniones en su momento con Raúl y con Alberto, hermano mayor de Raúl, dirigente militante trotskista en cuya casa en Paris, falleció Raúl. Por supuesto que con Alberto llegué a coincidir en la militancia que tenía puntos de contacto con la que desarrollaba Raúl pero también puntos importantes de discrepancia, particularmente sobre el carácter del capitalismo y la lucha armada.

En esta carta de Henry reaparecen particularmente los puntos discrepantes y tienen que ver nada menos que sobre el rol de las fuerzas armadas.

«¿Para qué queremos un ejército?», se pregunta Henry, como si los seres humanos, las sociedades tuvieran la posibilidad de elegir, más aún en este plano de interrogarnos, que no compartimos, tal vez sería más coherente preguntarse ¿para qué queremos capitalismo?.

Sabemos y si no deberíamos saberlo, que los modos de producción se suceden incorporando en su desarrollo a cada vez más sectores y superficies en el planeta; como los seres humanos nacen, se desarrollan y declinan, el capitalismo como modo de producción predominante tiene hoy claramente marcados sus límites, contrariamente a lo que dicen la mayoría de los economistas que están a su servicio. Es sobre eso que hay que poner al acento para que el mundo pueda transitar la transición en paz, cuando los desarrollos de las guerras en varios puntos del planeta amenazan la generalización y por consiguiente la catástrofe, uno de cuyos capítulos es la contaminación. Es el negocio de la industria de la guerra que da oxigeno a la asfixiada predominancia de la economía capitalista y le hace pensar en su renacer, una especie de opio en el peor sentido de la palabra, cuando lo que necesita para el bien de todos es morir en paz.

Es más, Mujica en la ONU (septiembre 2013) comenzó a transitar este camino, en que encaró el análisis de medidas universales que efectivamente son las que humildemente pienso la humanidad debe transitar, salvo que se demuestre lo contrario y empecemos a buscar otras soluciones que a mi criterio van por un camino equivocado o en definitiva no son soluciones.

No sé la razón de porque Mujica no ha vuelto sobre el tema, aunque en tu carta a Raúl podría estar una de las llaves, la de que en sus viejos compañeros el camino sigue siendo el de la confrontación de sistema contra sistema, que tuvo su auge en el stalinismo y en la derrota en su momento de las ideas de Lenin; en él aparecen ante la opinión pública como los gladiadores de una época en que los yanquis luego de su derrota en Cuba pudieron estimular las confrontaciones. Que servía a su estrategia, la de EE.UU. de estimular movimientos guerrilleros para desarticular la acción social y a la vez organizar la represión para la que reservaban su inserción en las fuerzas armadas de las distintas naciones y la Escuela de las Américas. Una verdadera pinza organizada sobre la base de la táctica del aborto. Analizaban que la tendencia de los pueblos a avanzar socialmente era inexorable, con esta táctica trataban de abortarla.

No hay dudas que para un científico muchas veces el insistir por el camino equivocado significa entre otras cosas el que en su experiencia piensa que el análisis no está terminado. Y no discutimos el derecho a hacerlo. Pero en este caso no se trata de eso como lo demuestra el discurso de Mujica en la ONU, sino el temor a transitar el camino de la ciencia en el terreno político del cual tanta necesidad tiene hoy la humanidad cuando el capitalismo está llegando a etapas cruciales y de enorme peligro para la humanidad toda. La propia situación política interna de EE.UU. con el crecimiento de las ideas socialistas es una demostración de ello. Ya no está lejano el día en que veamos al pueblo de EE.UU. crecer socialmente y a darle un nuevo vigor a las ideas de los maestros del socialismo.

No me niego a analizar el tema militar, pero sería una pérdida total de tiempo sino lo vinculamos a la etapa actual del modo de producción predominante y su crisis y someter a la sociedad uruguaya a un debate en el cual hay puntos para avanzar ya hoy y hay que hacerlo, pero el transcendente e importante es el otro, el programa de la transición que fue el que insinuó Mujica en la ONU, sobre el cual ni él ni su grupo han vuelto.

El mismo tipo de diferencia hemos tenido cuando antes se afirmó, en un acto público, que el modelo cooperativo de producción libera al trabajador del patrón, dando una visión equivocada sobre la predominancia global del modo de producción capitalista que hacen a esa liberación absolutamente inocua, si bien coyunturalmente muchas veces es necesario recurrir a ellas y a las estatizaciones, con miles de dificultades (Envidrio, Funsa, etc. etc.), para no dejar en la calle a los trabajadores. De lo que se trata es de ayudar a la humanidad a superar este modo de producción para entonces si engarzar a las cooperativas con el nuevo modo de producción como en su momento lo analizara magistralmente Federico Engels.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 2 de Mayo de 2019.

La guerra…

La guerra

(Abordando eso gris, que parece la teoría).

Ya la realidad actual de la guerra es una tragedia, que amenaza extenderse con consecuencias terribles para la humanidad toda.

Se han quedado cortos los expresivos versos interpretados por León Gieco:

«Sólo le pido a dios
Que la guerra no me sea indiferente,
Es un monstruo grande y pisa fuerte…».

Los expertos en el tema nos explican una multiplicidad de razones para que hoy los enfrentamientos parezcan no tener solución de continuidad.

Nosotros somos tercos y a la vez imbuidos de una filosofía humanista que bajo ninguna circunstancia queremos abandonar. La guerra es la forma más criminal del hacer político. Y el hacer político tiene su razón de ser en la economía.

Hoy los presupuestos de las naciones desarrolladas encuentran un trágico equilibrio circunstancial en la industria de guerra. Ahora ni el más recalcitrante conservador de los economistas del capitalismo piensa que esto se pueda constituir en una salida viable, y a lo sumo esperan un milagro que en economía no existe, ni aún sobre los escombros de la guerra. Además parten de una análisis de la segunda guerra mundial en el que esconden los verdaderos motivos y el verdadero resultado: el pasaje de los gobiernos de Estado, al gobierno en pugna de los conglomerados empresariales multinacionales, que hoy lo ejercen y someten. El pasaje del avance de una costosa construcción democrática, a la dictadura abierta de la burguesía ejercida desde estos instrumentos económicos que hoy gobiernan el mundo, donde dirimen su interés en pugnas alejados del interés general de la gente.

Donde sólo el fascismo está convencido de su utilidad, pero donde la inercia de todos los otros sectores se transforma en una inanición criminal.

Cuando la segunda guerra mundial Stalin temía más una reacción en contra suya de los generales del ejército rojo que a la propia reacción asesina de Hitler. Pero en última instancia no había los instrumentos políticos capaces de cambiar esa realidad, y la esperanza era que los nazis no se animaran a lanzarse contra la Unión Soviética. Seguramente no era lo que pensaba el Mariscal Gueorgui Zhúkov, que reaccionó organizando la heroica respuesta rusa al nazismo, apoyado en la tradición revolucionaria del ejército rojo y de los generales que en un número muy importante pagaban con la cárcel, y condenas de muerte, la persecución enfermiza hacia ellos de Stalin.

Hoy la paz imprescindible para el desarrollo de la humanidad sólo es posible dando muerte a la predominancia del modo de producción capitalista, que supone medidas para que el capital acumulado sin rentabilidad pueda ser utilizado en beneficio de la humanidad toda. Así de sencillo.

¿Ahora cómo explicamos esto?: el capitalismo en esa falta de rentabilidad que lo hace promover las peores lacras de la sociedad va creando una burbuja de capitales ociosos que amenazan con extender aún más la guerra y el uso de armas nucleares, en un combo terrible y sin ninguna solución de progreso posible.

¿Es posible otro camino? Si es posible, si esos capitales fueran dispuestos para realizar las obras que hoy la humanidad necesita pero que al modo de producción capitalista no le resultan rentables.

No estamos hablando de disponer de capitales para el desarrollo burocrático de los Estados a través de un capitalismo de Estados, estamos hablando de establecer en forma universal de un sistema impositivo basado en la circulación del dinero y en la aplicación universal de planes de desarrollo a través de las formas de producción más eficientes sin descartar ninguna, que atiendan, la salud, la educación, la vivienda, sacando de la marginalidad a millones de seres humanos e incorporándoles a un aparato productivo en desarrollo, nadie deberá vivir sin trabajar o a lo sumo dedicando el tiempo en el aprendizaje para ello.

Para esto es que necesitamos una medida única y universal monetaria para la economía, así como existe el metro, el kilo, el litro…

Y por supuesto que en esta tarea hay que incorporar todo el desarrollo intelectual que la humanidad ha acumulado, llevando al plano de la planificación estratégica de todo esto, todos los antecedentes democráticos que se han ido conquistando.

¿Es esto posible, o es solo un sueño irrealizable?, nosotros creemos basados en las mejores tradiciones que sí, que es posible, para lo cual es necesario poner manos a la obra, cuya tarea fundamental es la voluntad política que lo lleve adelante. No puede haber hoy ninguna organización social, política, religiosa que omita expresarse sobre esto, y a partir de allí todo es válido en propuestas que auguren un desarrollo del aparato productivo.

Ya no son más posibles planes nacionales, regionales e incluso continentales solamente, si estos no están supeditados a un interés humano universal. No ignoramos la existencia de políticas económicas nacionales e incluso continentales por parte de intereses particulares de sectores, en proyectos que no tienen posibilidades reales de desarrollo en el espacio en pugna en que actúan los conglomerados empresariales multinacionales que gobiernan realmente el mundo.

En el Uruguay los ejemplos son tremendos, y no sólo producto de una forma de hacer política que al país le viene haciendo daño desde hace mucho tiempo (desde que el batllismo desaparecido su creador perdió su rumbo, como certeramente lo analizaba el Dr. Carlos Quijano desde los editoriales económicos de «Marcha»), y porque además las propias multinacionales las conducen al fracaso. Usan y luego tiran aunque se trate de gobiernos y de realidades sociales que abarcan a millones de seres humanos. Es parte también de lo que analizamos, es la lógica que conduce a extender la guerra.

El espacio para desarrollar en avance la política económica que hoy necesitamos es el planeta todo, y necesariamente se van a solapar dos modos de producción uno ayudado a morir y otro ayudado a nacer.

Esto de ninguna manera significa borrar las nacionalidades –incluso, entre otras, las creencias religiosas–, por el contrario supone poner éstas al servicio del bien común, cambiando radicalmente lo que hoy se hace de ponerlas unos contra otras en beneficio de las políticas de la guerra.

Allá por 1848, Marx y Engels cerraban su magistral Manifiesto del Partido Comunista con la frase: «¡Proletarios de todos los Países, uníos!».

Sería terrible para la especie humana si hoy, 170 años después, no diéramos respuesta a este llamado en el que hoy se parte de la necesidad no ya de programas nacionales sino de un programa universal que ponga en manos de la gente el destino democrático de la humanidad.

Por supuesto, que debo pensar que muchos de mis lectores no aceptan el programa y el camino que propongo para estas ideas, lo mínimo que pido es que se debatan y que si estoy equivocado lo demuestren y propongan para el bien de todos un camino mejor.

Mejorar individualmente al ser humano, siempre es una tarea loable y es en definitiva una finalidad social, insuficiente si de mejorar la sociedad se trata, pues ésta requiere en su crisis de desarrollo, de medidas asumidas universalmente, giro en la gobernanza mundial con dos herramientas centrales: la moneda y los impuestos, lo que llamamos la tarea de ayudar a morir en paz a la predominancia del modo de producción capitalista, conquistar la democracia en las relaciones económicas del mundo.

Si por el contrario pensamos en primero cambiar al ser humano para cambiar luego a la sociedad, podemos llegar a la conclusión de que la guerra es inevitable. Ahora debemos admitir que la tarea insoslayable de construir la voluntad política del cambio ya es un avance en la transformación de cada uno de nosotros. Nuestra tarea es la de mostrar que esos objetivos son alcanzables, es más que es imperioso alcanzarlos.

Cuando se crearon las Naciones Unidas, el mundo pensó sanamente que era un instrumento a desarrollar, y con ese destino se crearon organismos de un enorme valor colectivo, pero pronto se comprobó el divorcio entre construcciones políticas, culturales, sociales… de interés general humanitario y un curso económico divorciado de esas intenciones. Hoy se trata de revertir esa situación, para lo cual es necesario un programa por medio del cual la sociedad pase a tener el control democrático de la economía.

Jorge Aniceto Molinari.
Montevideo, 15 de abril de 2018.